Cuestión de locura es la nouvelle que da título al volumen publicado en España que aglutina
otras tres obras: El desprecio, Días de
juerga y La estirpe de los Hankoni.
En ella, encontramos una narración biográfica en primera persona con una voz
que es la continuación de esa voz infantil que hablaba en Crónica de la ciudad de piedra. La narración prosigue, por tanto,
como una continuación de los acontecimientos que se habían interrumpido al
final de la Crónica, con la llegada
del comunismo a Albania y el término de la Segunda Guerra Mundial.
La voz
infantil había dotado a la Crónica de
un ambiente mágico, y revestido con un aura irreal e imposible muchos de los
sucesos brutales y sangrientos, como única forma de poder ser relatados desde
el punto de vista de un niño, algo que ahora, en Cuestión de locura, contribuye a que se genere un clima desquiciado
e inestable en donde las cosas resultan todavía más descabelladas gracias al
punto de vista desde donde están siendo contadas. Y en mitad de ese clima
enloquecido se agranda el misterio principal que nunca llega a resolverse en la
narración: el Partido Comunista. Tan misteriosos, místicos, extraños, absurdos,
siniestros, resultan los comunistas para el niño-narrador como lo son,
finalmente, para el lector, que no logra desentrañar el gran enigma que
significan: “¿Qué clase de secreto era aquél? ¿No éramos todos comunistas?” (Kadaré,
2008: 27).
Por el
camino, otras mistificaciones, más que misterios, relacionados con tíos y tías,
con suicidas e inmorales, con el abuelo de niño y su muerte, más producto del
aburrimiento pueblerino que de otra cosa, van quedando resueltos desde la
perspectiva infantil. Lo que viene a agigantar, en toda su enormidad de
mastodonte, el misterio del Partido Comunista:[1]
“ese nombre, es decir, el del Partido, estaba
en efecto por todas partes, nadie podía presumir de haberlo visto realmente. Lo
que ella había encontrado en el bolsillo de su hermano era precisamente un
‘‘carné del Partido’’ (…) que certificaba la pertenencia de mi tío el menor a él, es decir, al Partido Comunista” (27)
El aura de
misterio que rodeaba al Partido era alimentada con su propia parafernalia. Así,
“la orden era terminante: nadie podía contemplar
con sus ojos un ‘‘carné del Partido’’. El comunista al que le sucediera tal
catástrofe ya no tenía nada que esperar de la vida” (28).
Y el
misterio se incrementaba todavía más en cuestiones de camuflaje:
“Tú creías estar delante de una peluquería de
señoras, y aquello era sin embargo una oficina del Partido. Y así
sucesivamente, una tienda de quesos, la oficina de Correos, la mercería donde
se compraban encajes para trajes de novia. Tras su exterior apacible, en lo más
profundo, al otro lado de cualquier puerta secreta, podía estar celebrándose
una reunión secreta de miembros del Partido, todos provistos de sus
‘‘cartillas’’, que se agitaban unos a otros delante de las narices: que si te
la he visto, que si no te la he visto, que si te suicidas, que si no te
suicidas… ” (30).

Además, esta
visión del ámbito comunista la
completa la delirante visión que de los diferentes líderes como Lenin, Stalin o
el propio Hoxha, tiene el niño, ridiculizando su crueldad.[2] Una “mirada inocente” que
hiela la sangre del lector, con unas cargas de ironía que solo son permisibles
gracias a la voz que Kadaré ha elegido para interpretar la sangrienta
parafernalia que se estaba llevando a cabo: “Percibí el viento del mal en cuanto penetré
en el patio exterior” (2008: 11),
anuncia el narrador en el inicio de la historia. Será el viento quién con su
presencia traiga los malos presagios, que no serán otros que la llegada del
comunismo a Albania.
El propio autor, en una
entrevista sostenida con Julian Evans para The
Guardian, unos meses antes, reconoce que:
“los niños no quieren leer sobre el trabajo
duro, lo que quieren es jugar. Les gustan los horrores, les gustan los
fantasmas y las brujas y los magos. Odiaba los libros soviéticos, repletos de
sol, de trabajo en el campo, de gozosa primavera, de alegre verano lleno de
esperanza. La primera vez que escuché las palabras ‘‘esperanza’’ y ‘‘trabajo
duro’’ me hicieron bostezar” (Kadaré en Evans, 2005b).
La oposición entre un clima
socialista de sol refulgente y un clima balcánico de granizo establece también
una oposición entre el aburrimiento estatalizado y lo interesante o divertido
que radica en la individualidad imaginativa de cada persona. El hombre nuevo del mundo del realismo socialista, siempre bajo el sol
luminoso era, curiosamente, irreal: estaba sumido en un mundo comunista frío
que congelaba la vida interior y cualquier capacidad de expresión fuera de los
cauces controlados.
En la misma entrevista con Evans,
Kadaré explica el magnetismo que ejerció el clima helado en su imaginación al
encontrarlo, por accidente, en un libro que leía de pequeño. Se trataba de una
historia acerca de la creación del Ejército yugoslavo, narrada por el propio
Tito:
“Estaba leyendo este libro, un día
completamente aburrido cuando me topé con la frase ‘‘en aquel terrible, gélido
invierno de 1942’’. Me quedé asombrado. Aquí, en este libro completamente
estúpido, había encontrado una frase viva. Sonaba como literatura. Esas
palabras ‘‘invierno’’, ‘‘terrible’’, ‘‘gélido’’: después, siempre busqué otras
palabras como aquellas”.
Es la misma historia que
narra el niño protagonista de Cuestión de
locura. Los libros de la biblioteca han experimentado un súbito cambio con
la llegada del comunismo y los preceptos del realismo socialista. En las lecturas ya no aparece “ningún paraje
desolado, envuelto en bruma” (2008: 32). Entonces, cae en manos del niño En el sexto aniversario del ejército
yugoslavo, de “Josip Broz Tito”. A
primera vista, el libro no parece apasionante, pero
“en el libro de Tito, cuando hacía ya tiempo
que había perdido toda esperanza, me tropecé al final con la frase siguiente:
‘‘En el curso de aquel glacial y terrible invierno del año 1942…’’. Casi no
daba crédito a mis propios ojos, lo mismo que un caminante al toparse con una
criatura viviente en mitad del desierto. La releí diez veces seguidas y, cada
una de ellas, no cesaba de sorprenderme que aquella frase no se hubiera
desecado ya en contacto con la multitud de palabras estériles que la rodeaban.
Lo mismo me ocurrió con la
palabra ‘‘terrorífico’’, (…) la única de interés del libro del padre Anton
Harapi” (33).
Existía una literatura
aburrida, anestesiada y muerta, la oficial, en la que el sol del personaje positivo relumbraba a golpe de
consignas, y una literatura original, misteriosa y oscura, con nubarrones
oscuros repletos de adjetivos, prestos a descargar sobre personajes helados,
paramos desolados y ventosos en donde los hombres vivían la congelación del
totalitarismo. Así parece en El ocaso de
los dioses de la estepa cuando Kadaré toma su riesgo al establecer esta
tensión entre frío y oposición al régimen. En la narración, el escritor
protagonista arriba a la capital soviética bajo la cortina de lluvia y pronto
la ciudad muestra su hostilidad: “oleadas de hielo se cernían sobre el Moscú invernal”
(1991: 147), afirmando que “todo estaba ahora cubierto por la nieve y esta
parecía reclamar olvido” (78).
Otra forma
de denominar este realismo socialista,
pero desde el punto de vista de un niño acostumbrado a la lectura de libros de
aventura, es con la palabra “aburrimiento”.
El aburrimiento ha llegado a los libros, “los invade” con la instauración de la
censura y los preceptos comunistas, tal y como se relata en Cuestión de locura. El capítulo titulado
“El aburrimiento se impone” (2008: 31), se refiere al despojo de los elementos
divertidos o de aventura en los textos, en beneficio de la ‘doctrina
socialista’.
Así, ya
desde los títulos de los volúmenes, se ofrecía un panorama donde “se percibía
el aburrimiento”, tal y como eran esos “Hombres buenos de la estepa”, “La gran
esperanza”, o “Primavera”, este último, además, en dirección contraria a la
literatura antisolar que desarrollará
Kadaré como reacción a este tipo de preceptos luminosos de construcción del
comunismo. Para completar el panorama devastador se había iniciado una
colonización con autores soviéticos para luego producir epígonos albaneses.
Estos libros eran
“por todas partes trabajo, sonrisas radiantes,
gentes de corazón de oro que competían por ver quién era el primero en ofrecer
a su camarada su pan o su vestido” (32).