sábado, 15 de octubre de 2016

La hija de Agamenón



Ifigenia, o si se prefiere, La hija de Agamenón, tal y como se titula la novela corta de Kadaré, responde también a la reelaboración de un motivo griego clásico. Ifigenia es producto de una estratagema política, y como tal tiene cabida en el imaginario de Kadaré.

Ifigenia, la hija de Agamenón, rey de Grecia, según cuenta la tradición, debía ser sacrificada por su padre en Aúlide, para así calmar a la furiosa diosa Artemis que había parado el viento con una gran encalmada que impedía a las naves de los aqueos zarpar en dirección hacia la campaña de Troya. Agamenón, implacable, encuentra razonable el sacrificio de la hija en pos de sus beneficios políticos y militares. Al final, sin embargo, Ifigenia es sustituida, en el último instante, por una cervatilla en su lugar. Esta es una maniobra de evidente estratagema del Estado. Muestra una cosa, pero realiza, a espaldas de los súbditos, otra bien diferente.

Suzana es la hija del miembro principal del Politburó, del hombre señalado a suceder al Gran Líder cuando cese en su mando. Y ese futuro de gloria y poder podría verse empañado por el comportamiento de la mujer, que mantiene una relación amorosa inconveniente que mancharía la reputación del padre en una Albania repleta de odios, intrigas, dobleces, traiciones, y en donde todo vale para ocupar un puesto tan preciado como el de Sucesor. Suzana debe sacrificarse, como Ifigenia, por el bien político del padre, y abandonar la relación poco recomendable.

La perspectiva elegida para narrar los acontecimientos se inserta en un determinado momento temporal: el amante de Suzana es el narrador del texto, un periodista de la televisión albanesa que acude como invitado a una manifestación conmemorativa del Primero de Mayo en Tirana y se dirige a las celebraciones, tan cargadas de significado e importancia en los países comunistas, y que en Albania son una gran fiesta política y nacional.

La acción de la novela transcurre en apenas unas horas escasas, desde que el protagonista abandona su apartamento (en donde aguardó a Suzana en vano, ella no se presentó) hasta que alcanza en un pequeño paseo el llamado Bulevar de los Mártires de la Nación, lugar en donde se celebrará el desfile. Mientras camina en pos de ubicarse en una tribuna de preferencia, el protagonista-narrador va reflexionando acerca de lo que va percibiendo: desgrana sus pensamientos en primera persona acerca de la pérdida de la mujer, del sacrificio, de la hipocresía de la clase dirigente, de la pavorosa vida cotidiana bajo el comunismo… Todo ello salpicado con su percepción personal del momento, del gentío que, como autómatas, se dirigen a presenciar el desfile y vitorear a sus líderes, las figuras políticas sumidas en el ambiente de alienación de los asistentes, el propio Gran Líder e, incluso, contempla a la que ya es su ex amante, apostada junto a su padre, el Sucesor, todos ellos cercanos a Enver Hoxha.

Así, salen al encuentro del protagonista un hombre caído en desgracia porque se río el día del funeral de Stalin (2007: 25), un escenógrafo degradado a trabajar con grupos aficionados de teatro en aldeas por haber montado “un drama con treinta y dos errores ideológicos” (28), el “padre ideal con hijas de la mano bajo el cielo socialista de mayo” (35), el pintor Th. D. y su comprometido papel dentro del sistema cultural y político del régimen, unas veces sirviendo a su favor, otras puesto en entredicho (66-67).

Estas impresiones que recibe del ambiente y que describe el protagonista son implacables. Kadaré establece un paralelismo entre las intrigas y el juego sucio del Partido con el mito de Ifigenia, iguala los intereses y ambiciones de Agamenón y del Sucesor, reflexiona acerca de las cuestiones morales del poder “a cualquier precio”, sobre la inhumanidad de los dirigentes y de los totalitarismos; incluso introduce una reflexión sobre el propio mito relacionada con su máxima de la “Gran Estratagema”, en función de si todo el sacrificio de Ifigenia y la posterior sustitución por el cervatillo no obedecen a las farsas políticas, si sólo son maniobras de distracción del poder para aterrorizar a los súbditos, como lo podría ser, también, la caída en desgracia del Sucesor.

El Sucesor ha ordenado a su hija que cambie su comportamiento y que deje de frecuentar a su amante, el periodista, poco recomendable. La mujer, que no acude esa mañana a su cita con el hombre, acepta así el sacrificio, como Ifigenia. Y, en efecto, si un Líder envía al sacrificio a su propia hija, ¿qué penalidades y entregas no exigirá de su pueblo? Con ese momento, ejemplar, el pánico se apodera de todo el sistema, desde los hombres situados más abajo hasta los altos miembros pertenecientes al gobierno. De ese modo, el Sucesor envía un mensaje de lo que está dispuesto a empeñar por su ambición de alcanzar el poder, un mensaje dirigido en dos planos (aterroriza al pueblo, y sirve para amedrentar a sus futuros camaradas y rivales políticos; además le demuestra al Líder su entrega incondicional a la idea y al propio sistema).

Si el padre es capaz de sacrificar al hijo, como Agamenón lo hizo con Ifigenia, o el bíblico Isaac estaba dispuesto a degollar al suyo, o como ejemplo de ejemplos, Stalin se desentendió de Jakov dejándolo prisionero a manos de los nazis… solo resta imaginar lo que un Dirigente del sistema es capaz de hacer con alguien que no sea de su familia: comportarse sin piedad. Así que todas las personas amedrentadas, domadas, que le salen al paso al protagonista de La hija de Agamenón no son sino un producto del pánico, de las escuchas, de los chivatazos, de las delaciones, del estado de angustia y depravación moral que rige en Albania. Ante la visión de una familia que acude al acto, el protagonista argumenta el ya mencionado “padre ideal con hijas de la mano bajo el cielo socialista de mayo” (35), una estampa perfecta que ha costado el sufrimiento de muchos, porque “¿a qué precio te has ganado esa estampa? ¿A quién has enviado al destierro?”, le gustaría preguntarle al padre alegre y orgulloso. Es el sustrato más bajo del sistema inmoral, donde rige el monopolio de la sospecha y la degradación humana.

El engranaje de perfidia y crueldades hace que todos crean que poseen un pasado deshonroso, plagado de actos contra el Estado, un pasado que ocultar bajo el temor, y se conducen como cáscaras vacías, alienados, movidos por hueras consignas de aterradores promesas: “Defenderemos los principios del marxismo-leninismo, incluso si nos vemos obligados a comer hierba” (57). Cualquier sacrificio será escaso; el ejemplo mítico de Ifigenia encaja a la perfección en todo ello, aunque la clave no radica en que el Guía separe a la hija del Sucesor de una persona inconveniente para el régimen, sino en demostrar hasta donde llega la capacidad del horror, porque si los propios dirigentes son capaces de sacrificar a sus seres queridos, qué no serán capaces de hacerle a los demás.

Aprovechando las reflexiones del protagonista, Kadaré va repasado uno a uno los crímenes del régimen y los diferentes resortes que ha utilizado para reprimir las conciencias, desde la autocrítica, las asambleas, las purgas, los procesos, las depuraciones, la censura a los escritores… la historia política de Albania, las decisiones de su Gran Líder Hoxha con todas sus iniquidades. Si el Líder exige el sacrificio de la hija del Sucesor para demostrar que tiene valor para heredar la jefatura, es lógico entender que el propio Líder, como Stalin, haya castigado a su propio hijo también. Sin embargo, Hoxha aún no tenía hijos cuando debió demostrar esa crueldad con alguno de los suyos, por eso eligió a Bahri Omari, –periodista con eminente carrera política, llegó a ser Ministro de Asuntos Exteriores, cargo por el cual Hoxha lo mandó ejecutar, fusilado como traidor–.

 Ese hombre le era el más preciado por entonces, el marido de su hermana y uno de los intelectuales más notables del país en esos momentos, además de benefactor y tutor del propio Hoxha. El golpe del tirano caería sobre la persona que lo había escondido de los nazis durante la lucha de liberación, que después le había ayudado para conseguir la beca de estudios en París... Así daba un ejemplo contundente.

No en vano, ¿qué podía esperarse de un país cuyo modelo era Stalin? Porque Albania era estalinista, mucho más que soviética, y cuando consideró que la URSS de Jrushchov traicionaba los ideales de Stalin se alejó de ella. De esa manera, si Stalin había entregado a su propio hijo Jakov a la muerte, sacrificándolo a manos de los nazis, el ejemplo entre los políticos albaneses debía cundir: tenían que ser como Stalin, cualquier entrega era poca, y el pueblo pensaría como en tiempos del holocausto llevado a cabo en Aúlide: “Si el jefe supremo, Agamenón, había sacrificado a su propia hija, ni la más leve muestra de piedad podía esperarse para nadie” (108).

Stalin se coloca, así, en paralelo al mito, como un Agamenón moderno dado que: “Jakov (…) fue sacrificado no con el fin de que compartiera el destino de cualquier otro soldado ruso, como pretendió el dictador, sino para conferirle a este último el derecho a exigir la muerte de cualquiera. Del mismo modo que Ifigenia había provisto a Agamenón del derecho a la matanza” (109).

De esa forma “todo había sido erradicado para tornar más fácil el triunfo al crimen” (106) y junto a los retratos de los líderes comunistas, del propio Stalin, debería exhibirse el del mismísimo Agamenón, inspirador de todos ellos: “Las hileras apretadas del desfile no tenían fin. No faltaba más que el retrato de Agamenón. Del camarada Agamenón Atrida, miembro del Buró Político, maestro supremo de todos los inmoladores futuros. Como fundador, como clásico en su género, sin duda conocía mejor que nadie las entrañas de aquel asunto” (106).

Y sí con el sacrificio de Ifigenia arrancaba la campaña de Troya, es decir, la campaña de la infamia, el sacrificio de Suzana rehusando a su relación amorosa para no perjudicar al Sucesor sólo podía desembocar en la demoledora conclusión: si nadie espera ya piedad, entonces, “nada se opone ya al agostamiento de la vida” (113).

El agostamiento de la vida, una conclusión verdaderamente trágica de los efectos que la dictadura produce en las personas que la sufren. Una conclusión siniestra.

Kadaré, mediante trucos y engaños, consiguió sacar del país, junto a otras obras, La hija de Agamenón, primer escrito en el que se narra de forma directa y explícita su postura ante el régimen criminal de Hoxha. Antes, había utilizado subterfugios (la llamada noche otomana para ubicar sucesos políticos muy similares a los de la Albania actual, las alusiones más o menos veladas al control de las conciencias en El Palacio de los sueños…), pero La hija de Agamenón, acabada en 1986, era una narración impensable e imposible para aquellos momentos: y tremendamente comprometedora y peligrosa. Tras ciertas peripecias, fue puesta a salvo en París, en el interior de una caja fuerte, gracias al editor Claude Durand. Después, a la caída del comunismo, aquellos textos vieron la luz, muchos de ellos retocados, pero no así La hija de Agamenón, que apareció editada exactamente igual que fue redactada entre los años 1984 y 1986.

El empeño de Kadaré en la obra es el de reflejar la caída moral de los políticos, de las ideas, de los ideales, del Gran Dirigente, pero, además, el vaciamiento y agostamiento de la vida bajo el comunismo: “¿Cuántos años de semejante aridez serían precisos para convertir la vida en un erial?” (111), se pregunta el protagonista. Y añade: “Y todo eso por la sola razón de que así, marchita, reseca, la vida era más fácilmente dominable”. Al final del texto, Kadaré establece un paralelismo entre Troya, la campaña y los sucesos que conducen a su final, con la mismísima infamia. La historia de Troya, repleta de muertes y artimañas políticas, no es sino la historia de una colosal infamia.

Troya, todo lo relacionado con la ciudad épica, su asedio y caída, siempre ha sido un tema referencial en la narrativa del escritor albanés, así como sus constantes menciones a la cultura y a los mitos clásicos. Sin embargo, toda la parafernalia mítica que rodea a Troya, para Kadaré, siempre viene de la mano de una cierta bruma que lo lleva a plantearse una y otra vez, como hace en su ensayo sobre Esquilo, si esos acontecimientos no ocurrieron de diferentes maneras: El sacrificio de Ifigenia en Áulide, el puerto donde está congregada la flota griega a la espera de la partida. Los vientos son adversos, el ímpetu belicoso se resiente, el adivino Calcante aconseja el sacrificio de la doncella, que Agamenón, tras momentánea duda, acepta. Tal es el testimonio de Esquilo y de toda la literatura griega antigua, pero el lector actual intenta descifrar una verdad más precisa oculta en la bruma mítica. ¿Qué vientos adversos impedían partir a la flota griega, quién era en realidad Calcante y, sobre todo, por qué razón llevó a efecto Agamenón el sacrificio?” (2006: 150).

En Ifigenia, de esta manera, Kadaré encuentra, además de muchos de los elementos de las tragedias de su admirado Esquilo, un drama de ocultaciones y mentiras, que se puede superponer a la dictadura de Hoxha: “Lo más probable, sin embargo, es que no existiera consejo alguno de parte de Calcante y que el sacrificio de Ifigenia respondiera a un frío cálculo debido a la así denominada raison d´Etat: Agamenón inmoló a su propia hija no sólo para encumbrarse, tal como le acusa con razón su mujer, sino, ante todo, con el fin de granjearse el derecho de exigir a los demás sacrificios y sangre en una guerra que no tardaría en transformarse en un matadero. Se trata de una práctica nada infrecuente entre los caudillos” (152-153).
           
Pero no sólo se trata de este último motivo, con el sacrificio de la hija exigir el sacrificio de los demás, sino que Kadaré atisba tras de la inmolación de Ifigenia algo mayor, la “Gran Estratagema” totalitaria porque “la suposición y último interrogante referido a si se llevó a cabo realmente o no la inmolación de Ifigenia” (152), a menudo puesta en cuestión por alguna otra versión de la mitología que ubica a Artemisa supliendo a la muchacha por una cierva, lo que “no echa por tierra sino que refuerza el argumento anterior. La organización de una representación semejante, un falso sacrificio, subraya justamente el frío cálculo que preside la acción y su objetivo”.


Por todo ello, Kadaré concluye que “gracias a Esquilo sentimos que Troya se adapta al siglo XX como a ninguna otra época” (154). En Troya se desencadena un cruel baño de sangre, y no debemos olvidar la forma en la que será recordado el siglo XX: un siglo de sangre.


viernes, 12 de junio de 2015

La hija de Agamenón (ficha bibliográfica)

-Título original: Vajza e Agamemnonit, 1986.

-Primera edición en albanés: Tirana: 2003. Editorial Shtëpia Botuese, nº 55, 114p.

-Ediciones en España (aparece en el mismo volumen junto a El sucesor):


1-Alianza Editorial. Madrid: 2007. 288 p. vol. La hija de Agamenón, 15-113 p. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección Alianza Literaria, nº 173.

El Sucesor


Mehmet Shehu[1], primer ministro y mano derecha de Enver Hoxha, fue postulado como sucesor del tirano al frente del país hasta que el propio Hoxha lo acusó de ser un espía de los yugoslavos y, más tarde, con el cargo de poliagente, se concluyó que espiaba a dos bandas, para Estados Unidos y los soviéticos. Aquello, desencadenó una purga cruel de dimensiones telúricas que socavó los cimientos de la clase política y de la sociedad albanesa de una forma terrible.

Al menos en dos ocasiones en su literatura, Kadaré se centra de forma directa en este episodio oscuro de la historia política de Albania. De una forma indirecta lo hará en El Palacio de los sueños, y después, lo abordará como el eje de la trama central narrativa en El sucesor (Tirana, 2003). De hecho, en la primera novela, el autor tomará un elevado riesgo político al coincidir los acontecimientos narrados en El Palacio con parte de la purga llevada a cargo por Hoxha –y resultar esas componendas más que reconocibles en el texto–.

El asunto resultó tan obsesivo para Kadaré que cristalizó en una pareja de novelas cortas y complementarias: La hija de Agamenón (Tirana, 1986)[2] y la titulada El sucesor (Tirana, 2003) que, por lo delicado del asunto y su intento de arrojar luz sobre el tema, no apareció hasta años después del fallecimiento de Hoxha y la estabilización del país. Ambas conforman lo que denomino el Díptico de Ifigenia. Kadaré había estado en un peligro real por todo aquello; los familiares de Mehmet Shehu han confesado en alguna ocasión haber sido interrogados por la Sigurimi durante horas, con ahínco al respecto de dos aspectos fundamentales: todo lo que rodeaba el suicidio y el presunto comportamiento de su padre como poli-agente y, la segunda, sobre Ismaíl Kadaré.[3]

Sin embargo, en esta novela, Kadaré no busca resolver un crimen de Estado llevado a cabo contra un inocente. El autor no ha perdido la perspectiva y sabe muy bien de qué tipo de personaje está hablando. En 1993, el hijo de Shehu, Bashkim, escribe un libro autobiográfico[4] sobre cómo vivió aquellos días que rodearon la muerte de su padre, y le pide el prefacio a Ismaíl Kadaré. Las palabras del escritor vertidas en ese prefacio no pueden ser más concluyentes: “Mehmet Shehu era ni más ni menos que un segundo dictador de Albania y casi tan feroz como Enver Hoxha” (Kadaré citado en Mori, 2006: 85)[5]. La historia, repleta de conjuras, venganzas, mentiras y estratagemas políticas, reúne los mismos ingredientes que ya han fascinado a Kadaré en el Macbeth de Shakespeare o en el suceso real de la purga del político Lin Biao llevada a cabo por Mao y relatada pormenorizadamente en El concierto. Son, todas ellas, aristas de la misma trama, donde Shehu, como lo fueron Duncan en Shakespeare y Biao a manos de los acólitos de Mao, es la víctima del poderío totalitario y de los engranajes tiránicos.


El Sucesor, desde el momento en que plantea el enigma de un crimen de Estado, ya se hace imposible de resolver. El crimen de Estado es una pregunta: ¿quién disparó contra el Sucesor del Líder? Y es una pregunta sin respuesta. Realmente, lograr saber quién o quienes se encontraban accionando el gatillo, o tras los cañones de las armas disparadas, ni tan siquiera daría las identidades reales de los asesinos. Se trata de una red mucho más compleja de poderes, intereses y luchas internas que apunta al mismo Líder como autor intelectual del asesinato, al Estado como responsable, pero que tampoco puede dejar de lado a todo el aparataje médico, judicial e incluso pericial, y al propio arquitecto que construyó la casa del Sucesor (una residencia que alberga pasajes secretos) como implicados en la conjura para anular al segundo de Enver Hoxha una vez caído en desgracia.

De esa forma, la cuestión deja de ser la pregunta que parece plantearse inicialmente, si el Sucesor se suicidó o fue asesinado, para al poco tiempo virar hacia  un “¿quién asesinó al Sucesor?”, y terminar preguntándose el lector si el propio Líder salió del pasadizo secreto empuñando el arma y le descerrajó el disparo. No se puede encontrar en todo el texto una respuesta clara a la pregunta de quién lo hizo, pero, la claridad absoluta que se desprende de que la cuestión se trata de un crimen de Estado, y la forma en que los pequeños misterios se resuelven con una autoría determinante, resultan contundentes. En este caso, la maraña de datos ambiguos, de sucesos que aparecen velados por situaciones contradictorias y por diferentes interpretaciones, buscan distanciarnos de la verdad: si el Sucesor fue asesinado por el Estado, la persona que apretó el gatillo importará bien poco, no así la persona que dictó la orden… Ahora, ¿quién dio esa orden? ¿Y por qué?

Pero, a pesar de la evidente similitud con la realidad histórica, Kadaré recurre a algunos elementos más propios de la autoficción, para realzar la totalidad del drama. Primero, “advierte” en una nota de las “similitudes” en los acontecimientos relatados y que su comparación con “situaciones y personas contemporáneas son inevitables” (Kadaré, 2007: 117). El texto se inicia con un comunicado de la televisión en donde se da noticia del suicidio del Sucesor:

“En la noche del 13 al 14 de diciembre, el Sucesor se había suicidado con un arma de fuego como consecuencia de una crisis nerviosa” (119).

Este aviso no difiere mucho del que se dio en la realidad oficial:

“En la noche del 17 al 18 de diciembre, el camarada Mehmet Shehu, miembro del Buró Político del Partido y primer ministro de la RPS de Albania, se ha dado muerte en el curso de una crisis nerviosa” (citado en Mori, 2006: 112).

Kadaré ha variado levemente las fechas, retrasando unos pocos días el suceso, iniciando esta vía de autoficción, entendido como tal el aglutinamiento de datos reales, biográficos, históricos, mezclados con situaciones ficticias difícilmente desgajables e identificables de las reales. Por la vía abierta del suceso real, se cuela la literatura, transformando al hijo del Sucesor en Suzana, es decir, en una mujer, cuando el verdadero Sucesor, Shehu, era padre de tres varones. Moisés Mori define el proceso:

“La elaboración literaria se centra en lo fundamental, entra por lo derecho, agarra bien sus piezas; luego se retocan los detalles y se enreda bien la historia hasta convertirla en un misterio sombrío y mezquino, impenetrable, pero paradójicamente –y este es su mayor acierto– de esclarecedora elocuencia. En efecto, aun en su sencillez argumental, el relato se dispersa en pequeñas vías que si bien nunca llegan a perderse solo revierten para encajar en la imagen de una figura o demostración superior: en una verdad que el texto, por sí mismo, vuelve necesaria” (112-113).

En ningún instante del texto se menciona a Mehmet Shehu, ni a Enver Hoxha, ni a las mujeres respectivas, por sus nombres. Son, siempre, el Sucesor y el Guía, lo que tinta de una pátina mitológica a los actantes de la narración, entroncando el drama de Shehu y Hoxha con el del Sucesor y el Guía y, después, con el drama de todos los Sucesores que fueron eliminados por sus Guías. Juntos, Sucesor y Guía, son triturados por la literatura de Kadaré, pasando por el tamiz de su imaginario para componer una obra perturbadora y definitiva en la denuncia de los crímenes de Estado del tirano Hoxha. Tal y como argumenta Mori en su artículo “Ismaíl Kadaré: las claves del enigma”:

“El autor rescata un episodio especialmente revelador del régimen de Enver Hoxha, maneja datos documentados y de muy distinto orden (las reuniones del Buró Político, el disparo en la noche, el retraso de la autopsia, el compromiso matrimonial roto…), formula preguntas, plantea hipótesis, imagina asimismo situaciones e inventa personajes, indaga, en fin, en la envidia del Dirigente y su esposa, en la ‘‘genética’’ del Partido, en la familia del Sucesor, en la miseria de los altos cargos, en cómo se posicionan unos y otros. El Sucesor expone así un endiablado cruce de motivaciones políticas y de vilezas personales (…) Aún con la mirada de un fino realista, Kadaré se alza sobre los detalles y extrae de estos hechos una enseñanza moral, su nervio trágico, su carácter mítico (como el clan de Agamenón), todo lo cual hace, por otra parte, aún más evidentes las similitudes, vuelve transparente ese misterio en torno a la muerte del primer ministro. Ismaíl Kadaré juzga con dureza a los dirigentes de la dictadura albanesa, pero el relato es más que una investigación policíaca (suicidio o asesinato), que el nombre de un crimen; es también el enigma del mal lo que aquí se convoca, es la vieja tragedia de la humanidad lo que se representa” (Mori, 2007: 37).

Kadaré ha dotado de atribuciones míticas al Sucesor y al Guía, y convertido el drama en una fábula mitológica tan antigua como el mundo. Como en cualquier historia mítica existe una indefinición del tiempo y del espacio, como esos espacios míticos indeterminados sobre los que se mueven Ícaro, Perseo o Teseo, fundidos en un tiempo indefinido. La casa en donde ha tenido lugar el suicidio se convierte en un lugar misterioso y laberíntico, casi impreciso a pesar de poseer pisos, habitaciones y paredes. El sonido a veces puede llegar de una habitación a otra, pero a veces no lo consigue. De repente, existe un pasadizo secreto que conecta la casa del Sucesor con el Palacio Presidencial, ¿o no ha existido nada más que en la cabeza de la gente? Incluso encontramos un arquitecto, una suerte de Dédalo, que al final ya no distingue entre lo real y lo ficticio.


Kadaré ha puesto en pie un texto de resonancias “clásicas”, al estilo de una tragedia griega antigua. No en vano, en su nota de advertencia con la que encabeza el texto argumenta que

“los acontecimientos descritos en esta novela forman parte de la memoria perdurable de la humanidad, cuyos rebrotes, como suele suceder, afloran en una época que suele ser la nuestra” (2007: 117).

Este párrafo ilumina las intenciones literarias de Kadaré a lo largo de su obra. Los acontecimientos de la humanidad se repiten una y otra vez en rebrotes, simulando esa estructura fractal o de cajas chinas que se contienen una en otra, reproduciéndose en abismo. Si además, lo escrito “forma parte de la memoria perdurable de la humanidad”, repetidos una y otra vez, está entroncándose directamente con los mitos clásicos (que forman parte de la memoria perdurable de la humanidad), que se reproducen en una cascada literaria desde su modelo inicial. Para Carlos García Gual en su introducción a Los mitos griegos (Baltimore, 1955) de Robert Graves:

“Los mitos son relatos tradicionales que cuentan la actuación extraordinaria de dioses y héroes en tiempos prestigiosos y lejanos, en acciones y gestos de carácter paradigmático e interés colectivo. Son hechos fabulosos referidos a un pasado que de algún modo proyecta su sombra en el presente (…) Conservaron a lo largo de siglos su halo de ‘‘relatos memorables’’ que se transmite de generación en generación” (García Gual en Graves, 2005: 11-12).

No debemos olvidar, como asegura Graves, que “buena parte del mito griego es historia político-religiosa” (25). Una historia político-religiosa que basa sus relatos en las tensiones originadas por el poder, teñidas de muerte. De esta forma, aunadas por las tensiones de poder –en La hija de Agamenón– y por la muerte –en El Sucesor–, se conforma el díptico. La hija de Agamenón está escrita en el año 1985, en vida de Hoxha, mientras que El Sucesor pertenece a 2003, escrita ya sin el temor a la censura, a medio camino entre Tirana y París. A pesar de la distancia temporal y de las diferentes situaciones que vivieron la composición de ambas obras, fue el editor Fayard quién interpreto ambos textos como un díptico o un solo texto. Este díptico, para Moisés Mori, se conforma de la siguiente manera:

“Las dos novelas (…) se arman sobre sucesos recientes de la historia de Albania (…) La hija de Agamenón es una novela corta y constituye un esbozo de la segunda obra. Estas dos narraciones –más que dos piezas de un díptico– representan algo así como dos acometidas o golpes sucesivos sobre el mismo punto, uno encima de otro: el primero fija con autoridad el tema y el carácter moral del discurso, el segundo, aún más firme, ahonda en sus propósitos, da una vuelta de tuerca, extrae así toda la potencialidad del caso: piedad y terror, política y poesía” (2007: 35).

La intención del díptico junto a La hija de Agamenón, se articula en El sucesor mediante los recuerdos de Suzana, que rememora su relación con el periodista, e incluso aquél Primero de Mayo de la ruptura. Suzana, la hija sacrificada, la Ifigenia comunista, es la pieza, la bisagra, que establece la conexión entre la narración de La hija de Agamenón y El Sucesor. La mujer, en esta ocasión, no ha llevado a cabo un nuevo compromiso prohibido por orden de su padre –ya superada su anterior relación con el periodista de la primera narración–[6] sino que ha celebrado el anuncio de sus esponsales con Genc Dakli, hijo de un prestigioso científico. Esta unión complacía al propio Guía que en un principio la había bendecido en persona, aunque la familia de Dakli no fuera del todo afín al régimen, quizás por su intelectualidad. Aún medio ciego y enfermo el Líder asistió a la fiesta de compromiso de la que se marchó dejando la certeza de que algo había sucedido allí. Todo acababa de cambiar.

Algo había ocurrido ente el Sucesor y el Líder, la condena estaba firmada. Ahora bien, ¿qué puede acontecer entre la entrada y la salida del Líder en el baile? ¿Qué imperceptible suceso arroja en el pozo de la desgracia al Sucesor y a su familia?

El compromiso matrimonial coincide con la inauguración de la nueva residencia del Sucesor, reformada durante los meses anteriores. ¿Existe una ostentación burguesa en la familia del Sucesor, en su esposa, cuando enseñan las nuevas habitaciones? ¿El Guía se pone celoso, o es la mujer del Guía la que realmente, devorada de celos, derrama el veneno de la envidia en los oídos del Dirigente? O tal vez sea esa máxima de la dictadura de Hoxha, que todo está sometido al súbito cambio, la mayoría de las veces sin saberse los motivos reales, ni siquiera puede que exista un motivo concreto que lleve a los hombres a la muerte, a las cárceles, a la desgracia.

Moisés Mori interpreta la volubilidad del tirano y sus decisiones psicológicas según las siguientes claves:

“Más allá del ineludible afán por perpetuarse en el poder e imponer el miedo, no siempre es fácil comprender las razones que determinan los gestos de un tirano, la intención con que maneja hilos y títeres, la causa inmediata que puede haber generado horrores concretos, desgracias personales, incluso una determinada línea política (…) Parece, no obstante, que entre las razones que originaron la caída en desgracia de Mehmet Shehu estaba el compromiso matrimonial de uno de sus hijos con una joven de familia no adicta al régimen. Este asunto late en La hija de Agamenón, es su sustrato. Naturalmente, Kadaré (…) compone aquí una historia al margen de algunos datos concretos y atiende, ante todo, al horror que un suceso de esa naturaleza encierra, a su raigambre trágica, a cómo la tiranía corrompe y mata la vida. Y es así como una vez más –pues constituye uno de los ejes de toda su obra– se orienta hacia Esquilo y sus personajes” (2007: 35-36).

Ya sea en una novela u en otra, en La hija de Agamenón o en El Sucesor, el propósito de Kadaré está muy claro, prosigue Mori:

“El propósito último es denunciar los mecanismos de la dictadura (…) reflexiona tanto sobre el terror indiscriminado del régimen, sobre su capacidad para originar delaciones, torturas, crímenes y convertir la existencia en un infierno” (2007: 36).

La existencia se ha convertido en un infierno para alguien que, tangencialmente, interpreta un papel en el drama: el arquitecto encargado de reformar la casa del Sucesor. Y no será este, ni mucho menos, el único arquitecto atormentado que aparece en las novelas de Kadaré. Desde los constructores de la Pirámide de Keops, pasando por el encargado de construir un palacete de caza en el bosque para el Conde Ciano, o el Constructor del Caballo de Troya, el responsable del puente de los tres arcos... todos ellos se sumen en la desgracia agobiante de estar sirviendo al régimen totalitario.


En el caso de El sucesor, el arquitecto es consciente de que su actuación ha generado una parte del desastre, directamente imbricado con la muerte o el asesinato del político. En algún momento, el arquitecto descubrió una extraña puerta que conectaba la residencia de Hoxha con la del Sucesor, y que solo se podía abrir desde el lado del Líder. Este arquitecto conoce los misterios del edificio al estilo de los constructores de las pirámides y sus laberintos entrampados. Y si estos acababan enterrados con el faraón, o eliminados para no desvelar el secreto, el arquitecto que ha descubierto la misteriosa puerta se sabe, así mismo, condenado.

Kadaré ha ejecutado un salto mortal arquitectónico en el tiempo y ha trasvasado el mal desde una época distanciada por miles de años, establecido la Gran Pirámide Albanesa, con sus faraones, sus sacerdotes, su arquitecto y la enorme carga de muerte y destrucción que se eleva por encima de los tiempos. El arquitecto es uno de los personajes de Kadaré que ha entrado en contacto con una parte, por minúscula que sea, de la “Gran Estratagema” del Estado y debe pagar por ello. No en vano, toda la historia, además de estar atravesada por los códigos de las novelas negras, se alimenta de motivos que parecen sacados y puestos al día de las novelas del  Egipto de los faraones:

“Era cosa sabida que lo primero que hacían los faraones después de ver finalizada su pirámide era dar muerte al arquitecto.
En toda aquella historia había algo propio de las pirámides. Por todas partes se alzaban muros que frustraban de pronto toda posibilidad de avance. La cámara principal de la pirámide, la que guardaba el más preciado de los secretos, se cerraba desde el interior. Cabía en lo posible que en la historia del Sucesor se hubiese recurrido a ese antiguo principio” (2007: 140).

Entonces, volviendo sobre La hija de Agamenón, encontramos una respuesta a El sucesor en este párrafo:

“¿Dónde has escuchado la idea perversa de que los rumores y las murmuraciones políticas sobre la próxima caída en desgracia de este o aquel alto dirigente no se propagan de manera fortuita entre el pueblo debido al elemento pequeño burgués, sino que son urdidos por el Estado mismo (…) por una oficina secreta especialmente creada con el objetivo de preparar la caída efectiva del funcionario en cuestión?” (2007: 38).

En la acusación directa al crimen de Estado que se afirma en las páginas de La hija de Agamenón se adelanta la posible respuesta al misterio que se plantea en El sucesor, lo que viene a dar sentido a ambas obras en su concepción de díptico y las afianza como dos de los máximos exponentes de lo que he denominado la “Gran Estratagema”. Aunque la fórmula oficial albanesa hablaba de que “había sido encontrado muerto”, pronto la radio yugoslava –un país enfrentado a Hoxha–, empezó a barajar la posibilidad del asesinato de Shehu: eso era lo que faltaba para terminar de enmarañar todo el asunto, poner en pie diferentes teorías y arrastrar el problema en dirección al espionaje, que desembocó en el término “poliagente” que se utilizó con el Sucesor, acusado de trabajar para Norteamérica y, además para Yugoslavia, que tanto acusaba al gobierno albanés de su asesinato. Al incluirse ambas posibilidades, suicidio y asesinato, la “Gran Estratagema” se hizo muchísimo más fuerte, y el crimen del Estado pudo ocultarse allí en donde suele salir indemne: meandros, recovecos, responsabilidades delegadas…

De esta manera, el díptico que se ofrece en La hija de Agamenón y El Sucesor puede parecer que es un intento de comprender o interpretar la crueldad de las decisiones y de los actos de los tiranos que, como Agamenón, Stalin, o el Sucesor, pueden colocar a sus hijos (o a sus más queridos elementos independientemente de la consanguinidad) en la pira del sacrificio en beneficio de sus propias carreras. Sin embargo, por mucho estudio psicológico que hagamos de ellos, algo se nos escapa, sigue existiendo un componente de horror que hace que no comprendamos los motivos que mueven al Estado de Hoxha a asesinar a Shehu: ¿poseía una casa mejor que la del Líder? ¿El simple motivo de que Shehu sería el Líder futuro? Entonces... ¿todo se reduce, finalmente, a unos mundanos motivos de celos?

Dentro de El Sucesor encontramos una máxima que puede socorrernos en estos intentos baldíos de intentar comprender unos comportamientos que quizás no puedan o no deban ser comprendidos:

“para comprender algo de un país sumergido en la paranoia era preciso estar uno mismo un tanto paranoico” (2007: 134).

Como asegura la mujer del arquitecto:

“Él, incluso durmiendo, y os tiene a todos en sus manos. Vosotros, todos despiertos, y no conseguís enteraros de nada” (236).

El ejemplo de la paranoia lo encontramos en la segunda parte de la novela, titulada “La autopsia”. Aquí, en determinado instante, el médico encargado del informe sólo piensa determinar que el Sucesor ha sido asesinado, con lo que su figura ascendería a una categoría mitológica dentro del Partido, lo que acostumbraba a ser una puesta en escena sobradamente conocida en los países comunistas” (173). Ello, automáticamente, desencadenaría el siguiente mecanismo represivo:

“el Sucesor sería declarado asesinado, es decir, mártir de la revolución, y que todas las dudas que, como nubes negras, habían oscurecido su nombre se disiparían en un instante. Y daría comienzo entonces el escarmiento de los otros, de los que le habían cavado al tumba” (154).

El problema radica en que a la “Gran Estratagema” quizás no le convenga tanto que el Sucesor sea tenido como un mártir, que se declare que haya sido asesinado, y entonces se determine que todo ha sido un suicidio. De ser así, entonces, se pondrán en marcha otros mecanismos, que vendrán a demostrar el desquiciamiento del sistema, como un buen ejemplo resulta el trato que ha venido recibiendo el cadáver del ex miembro del Politburó Kano Zhbira, así mismo también suicidado muchos años antes y que recientemente había sido exhumado del cementerio de los mártires por tercera vez. “Cualquier viraje de la línea política, antes que afectar a la economía, lo acusaban sus restos mortales” (155), asegura el narrador de la historia, que califica esta continuada inhumación–exhumación como un “reumatismo de ultratumba o rheumatismus post mortem”. Zhbira, tras suicidarse y correrse los rumores de asesinato, fue enterrado con honores en el cementerio de los mártires. Después, a petición de los yugoslavos, fue desenterrado para su traslado al cementerio civil de Tirana, “dado que en su expediente se habían descubierto trazas de una actitud antiyugoslava”. Pero al cabo de un año, tras la ruptura de relaciones de Albania con Yugoslavia, lo habían vuelto a su lugar original, como “campeón de la resistencia antiyugoslava”. Después,

“su última exhumación, con subsiguiente enterramiento en el cementerio civil, tuvo lugar casi en secreto, por motivos que esta vez no conocía nadie”.

De mártir a culpable, de asesinado a suicida,

“no era conveniente descartar que el Sucesor transitara de una variante a otra como un alma en pena por los círculos del infierno de Dante” (173).

Incluso no decantarse por una decisión, puede ser una decisión política correcta. “Los recelos eran el elemento más sagrado en el cerebro de un Guía” (231), y por ello era más que posible que el Guía “no deseara esclarecimiento alguno”. Sin embargo, la decisión que finalmente se tomará es la de anunciar que se ha intentado un golpe de Estado por parte del Sucesor para derrocar al Guía…

“y eso dejaba suponer la participación de cómplices fieles y conjurados, de códigos secretos, armas, espías, enlaces” (217),

es decir, la activación de un nuevo protocolo, el efecto complot” (219), muy conveniente a la “Gran Estratagema” urdida por el Estado; un complot, “el de mayores proporciones en toda la historia de Albania. El más aterrador”. Según esta nueva forma de actuar,

“la tumba del Sucesor había sido arrasada al caer la tarde y sus despojos mezclados con tablones del féretro y pellas de barro, empaquetados sin ningún miramiento en una gran bolsa de plástico para ser transportados con ignorado destino” (218).[7]

Dentro de este desquiciamiento generalizado, del clima paranoico, la muerte del Sucesor se engrana como una última pieza del juego político de la “Gran Estratagema”. El Sucesor había muerto, se había suicidado, en la noche de espera de un discurso importantísimo, ese que el Líder debería haber pronunciado el 13 de diciembre, perdonando o culpabilizando de sus desviaciones al Sucesor, pero que se había aplazado porque se les hizo tarde. Al parecer, cuando se trataba de grandes cargos, esta era una práctica habitual del Líder, aplazar el discurso o la propia autocrítica del acusado para que la rumiara bien durante esa noche, dejar en suspenso el decisivo veredicto del Líder… una noche que solía saldarse con la muerte de los acusados, para, después, el Líder expresar en su discurso del siguiente día un perdón paternal, que llegaba demasiado tarde para el caído en desgracia.

El discurso del Líder terminaba anunciando el perdón del Sucesor, no podía ser de otra manera. De esa forma, el Sucesor aparecía como alguien que

“imaginando la vejación de que sería objeto al día siguiente por parte del Guía, no había tenido arrestos para esperar el momento del suplicio y se había anticipado a los acontecimientos poniendo fin a su vida” (169).

La maniobra era perfecta. En cualquiera de los casos, el Sucesor salía malparado. Lo que tampoco debería extrañarnos, que el Líder se conduzca con crueldad con el Sucesor, dado que los dos pertenecen a una sociedad vinculada por las atrocidades de los crímenes cometidos por ambos, circunstancias que los unen. Unos vínculos que

“conseguían rivalizar con los del linaje, puesto que se basaban igualmente en la sangre, aunque con una diferencia de matiz: no en la sangre interior, la que discurría por las venas ramificadas de una misma estirpe (…) sino en otra sangre, en la exterior. Dicho en otras palabras, la sangre de otros, que ellos hacían correr como embriagados en nombre de la doctrina” (198).

Esta nueva genética, la nueva hermandad que permitía sacrificios como los del padre entregando a la hija, como Agamenón, validaba holocaustos semejantes al de ahora: el Líder ejecutaba al Sucesor, una ejecución acorde con esa nueva genética que “empujaba al hijo a vender al padre, el padre al hijo, la mujer al marido” (202).


El discurso de hora y media, grabado en una cinta magnetofónica, pronunciado como si el Sucesor aún estuviera delante, lo podría escuchar la gente convocada en las catorce grandes salas de Tirana, obligados a asistir a aquella asamblea de suprema importancia. Las palabras del Líder que tendrían que haber sido pronunciadas durante la tarde anterior sonaban ahora en las cintas grabadoras en esa mañana de la muerte del Sucesor, se dirigían al Sucesor y le decían, con un decalage macabro de apenas doce horas:

Y ahora, después de que esta noche hayas reflexionado una vez más, estoy seguro de que mañana, cuando nos volvamos a reunir en esta sala, tú habrás comprendido mejor el error que has cometido, de forma que volverás a encontrarte de nuevo entre nosotros, entre tus camaradas que te quieren, tan valioso para el Partido como siempre” (170).

La maniobra es de una crueldad infinita: el Líder ha mandado asesinar al Sucesor en esas doce horas y ha mantenido inalterado su mensaje magnetofónico, aquel que no permitió difundir la tarde anterior porque se hacía ya tarde.[8] Este suceso, la brecha en el tiempo, la disfunción, el desajuste de las doce horas, posee algo de una maldad cuántica:

“Esa interrupción, ese intervalo de tiempo entre el lunes y el martes, el oscuro surco que el Sucesor no consiguió franquear, le hizo precipitarse en el abismo. Todos pudieron asistir a su perdón excepto él mismo”.

La abominación del plan puesto en práctica es de tales dimensiones, el abismo negro tan devorador, que no puede pasar inadvertido para nadie:

“En todo aquello había algo antinatural. Esas palabras eran del lunes, cuando el Sucesor estaba aún vivo, pero habían sido pronunciadas el martes, cuando ya no era más que un cadáver. El pasado, en franca infracción de las leyes del discurrir del tiempo, se había transformado en futuro. El ayer en hoy. Esto era suficiente para que todos se sintieran perdidos” (171).

En efecto, al parecer las leyes de la mecánica cuántica no agradaban a la Albania del régimen de Hoxha: “Ese bucle del tiempo era lo que, según se veía, una capital se revelaba más incapaz de soportar”.

Finalmente, y en la voz del propio cadáver del Sucesor, la reflexión sobre la manipulación del espacio-tiempo adquiere toda su dimensión de tragedia cuántica:

“Mientras yo me encontraba ya en el depósito, ellos fingían que nada había sucedido, como si no hubiera existido una noche del 13 de diciembre, sino, en su lugar, hubiera transcurrido una secuencia de tiempo diferente, una suerte de sustituto, una especie de acoplamiento contra natura de la noche con el día posterior, impidiendo que el tiempo discurriera entre los dos. O forzándole a hacerlo en sentido inverso” (276).




[1] Çorrush (Albania), 1913-Tirana, 1981. Hasta la fecha sigue sin aclararse si fue asesinado o se suicidó, aunque ciertas pruebas hagan pensar más en el crimen político. Shehu luchó en la Guerra Civil española, en el seno de las Brigadas Internacionales, y a su regreso se  alistó en el movimiento partisano que dirigía Enver Hoxha. En la nueva Albania ocupó el puesto de Ministro de Interior y, después, Presidente, controlando la Segurimi, la policía política del régimen. Era partidario de la línea dura, lo que le llevó a ser Ministro de Defensa y se postulaba claramente como el sucesor de Hoxha hasta que los deseos del dictador viraron en beneficio de Ramiz Alia (Shkodra –Albania–,1925-Tirana, 2011) y se produjo su caída en desgracia.
[2] La novela fue sacada clandestinamente de Albania y publicada en Francia.
[3] Moisés Mori, en su libro Voces de Albania. Lectura en falso de Ismaíl Kadaré, refleja unas declaraciones de la cuñada de Mehmet Shehu a Ismaíl Kadaré, que mantenía una buena amistad con la familia en la época del presunto suicidio de Shehu, en donde afirma que “los interrogatorios tenían dos puntos esenciales. En primer lugar, la traición de Mehmet Shehu (…) Después, tú. Se me ha interrogado sobre ti durante días y noches” (2006: 90). Al parecer, en estos interrogatorios buscaban escuchar la confesión de que Ismaíl Kadaré se había referido, en algún momento, a una presunta homosexualidad de Enver Hoxha.
[4] L´automne de la peur (Paris, 1993).
[5] La frase aparece en el prólogo al libro de Shehu (pp. 7-31), concretamente en la página 12.
[6] “Tu padre está a punto de ser elegido como futuro Guía. Tú vas a hacer esto por él. De lo contrario, nos veremos obligados a internar a tu amante en compañía de toda su parentela” (2007: 186), recuerda Suzana, en El Sucesor, que le comentó su madre en relación con el abandono del periodista.
[7] Destino que aún sigue siendo un misterio, tal y como narra, en sus frustrados intentos de recuperar los restos, su hijo Bashkim Shehu en Confesión junto a una tumba vacía.
[8] Y que Kadaré, en una reflexión que intercala como formulada por el propio Guía, califica como “la bestia negra (…) así le parecía que debía llamarse la noche intermediaria, aquella que una y otra vez se intercalaba entre dos sesiones de una misma reunión. Era un invento suyo intercalar esa noche, asfixiante como un puñado de estopa, cuya proximidad era presentida por todos, sin que ninguno osara mencionarla jamás” (248).

jueves, 11 de junio de 2015

El Sucesor (ficha bibliográfica)



-Título original: Pasardhësi.

-Primera edición en albanés: Tirana: 2003. Editorial Shtëpia Botuese 55, 163 p.

-Ediciones en España (aparece en el mismo volumen junto a La hija de Agamenón):

1-Alianza Editorial. Madrid: 2007. 288 p. vol. El Sucesor, 115-282 p. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección Alianza Literaria, nº 173.