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viernes, 16 de marzo de 2018

A diez años de la independencia de Kosovo: literatura en el Campo de los Mirlos



*Esta columna apareció en achtungmag.com:

http://www.achtungmag.com/a-diez-anos-de-la-independencia-de-kosovo-literatura-en-el-campo-de-los-mirlos/

El pasado 17 de febrero, sábado, las calles de Pristina se abarrotaron porque estaban de celebración. A las cero horas de esa noche, se cumplían diez años de la Declaración de independencia. Una Declaración polémica y conflictiva, producto de una guerra brutal que dejó al menos 13 mil muertos y que necesitó de la intervención de la OTAN, que bombardeó durante la operación Allied Forcelocalizaciones en Belgrado como una forma de que Yugoslavia se retirase de Kosovo y pusiera fin a la crisis humanitaria y a las limpiezas étnicas. Mucho dolor y mucho sufrimiento para uno de los conflictos más infames de nuestra historia moderna europea que terminó alumbrando a un país tan pintoresco como conflictivo.

En las calles de Prístina, ese sábado por la noche, el del concierto de Rita Ora, podía verse a una multitud enfervorecida que transportaba las banderas azules de la República de Kosovo, junto algunas enseñas rojizas de la vecina Albania. Mujeres vestidas de fiesta se mezclaban con mujeres en burka (no hay que olvidar que el 96% de la población es musulmana), mientras sobre el escenario una de las mayores celebridades del país ofrecía el concierto del aniversario.

Rita Ora es natural de Pristina, pero con apenas un año de vida sus padres huyeron del dominio yugoslavo sobre la región y se instalaron en Londres. Una canción suya, Shine Ya Light, dio la vuelta al mundo mientras la artista aparecía en el video clip con Pristina como escenario. Actuaba de pinchadiscos, a ritmo de rap, sobre el monumento NewBorn, la escultura tipográfica conmemorativa de la independencia de Kosovo (independencia no reconocida aún por todos los países de Europa —España entre ellos— y tampoco por algunos de otros continentes).
Bajo esa presunta cotidianidad de la modernidad kosovar mana una corriente subterránea de sangre, una memoria de agravios todavía pendientes de ser cancelados con la necesidad de la justicia. Quizás, solamente, habría que dejar de mirar hacia otro lado y enfocar la visión de la responsabilidad de cada político, de cada escritor, de cada intelectual, recordando lo que dijeron, cómo lo dijeron en aquellos momentos y, algo que resultaría de capital importancia: por qué hicieron lo que hicieron.

En cualquier caso, el espinoso asunto de la independencia de Kosovo no puede alejarme del verdadero asunto de esta columna: la literatura kosovar o algunas novelas que se ocupan del tema de Kosovo. Porque los españoles hacemos una inmediata asociación con Kosovo: violentos mafiosos albanokosovares o paramilitares, siempre las recurrentes imágenes de aquella guerra o la idea de que la República de Kosovo es un estado Cartel que se financia con el tráfico de armas y drogas. No voy a entrar a discutir estas afirmaciones. Este no es lugar para ello. Aquí se habla de literatura. Una literatura, aún hoy, lamentablemente manchada de sangre.
Dos vistas del peculiar edificio de la Biblioteca Nacional de Kosovo, en Pristina, garante de una cultura que se ha abierto paso entre bombas y fuego:


¿Existen escritores kosovares? Existen, desde luego. En primer lugar hay que remarcar que esta literatura se desarrolla, abrumadoramente, en lengua albanesa, por lo que se puede definir como una literatura kosovo-albanesa. ¿Existen traducciones al español de escritores kosovares? Pues no. Al menos yo no conozco ninguna.
Sus más reputadas firmas son, sin duda, el poeta Esad Mekuli, aunque montenegrino de nacimiento, después se convirtió en una figura intelectual determinante en Kosovo y está considerado por los estudiosos como uno de los padres de la poesía de la zona; Anton Pashku, autor de relatos y novelas experimentales cercanos al estilo de Musil y de Kafka; y el crítico literario, además de político, Rexhep Qosja.



Así que la obra de estos autores, de los que he destacado tres de entre muchos, es inalcanzable para el lector español a día de hoy, pero no sucede así con algunas novelas que tratan del problema de Kosovo, y que vienen de la mano, como no podía ser de otra manera, de la prosa del albanés Ismaíl Kadaré: Tres cantos fúnebres por Kosovo (Tirana, 1998) y El cortejo nupcial helado en la nieve (Tirana, 1986), ambas en Alianza Editorial. Quiero dedicar un espacio de esta columna de hoy a la primera novela.


Tres cantos fúnebres por Kosovo es una novela histórica vertiginosa. Bajo su nervio late un pulso especial, se percibe una vibración que la atraviesa, ofreciendo un deslumbrante tríptico de la medieval batalla de Kosovo. Un tríptico de sangre y muerte, cargado de dolor, algo de rabia y toneladas de tristeza y desesperanza.
El texto respira con violencia, borbotea espeso y contundente en el fondo de cada una de sus frases, de sus líneas y párrafos; encontramos algo más que la descripción literaria, en mayor o menor medida respetuosa con los sucesos históricos, y nos topamos con el origen de un problema de odio enquistado, la larga historia de una tradición sobre el aborrecimiento entre serbios y albaneses.  Un odio que se hace extensible a la intolerancia religiosa y al propio carácter destructivo, vengativo y rencoroso, del ser humano.
El asunto de Kosovo es un asunto delicado y muy doloroso. Kadaré, aquí, se remonta hasta una parte del conflicto, pero no a sus inicios. Queda muy claro que la coalición cristiana, integrada por húngaros, serbios, rumanos, bosnios y albaneses, entre otros, ya se trataba con inmemorial odio y encono en todo lo relacionado con esa región balcánica denominada como el Campo de los Mirlos. Que se hayan unido ante un enemigo común y mayor, esta vez, codo con codo, es un asunto meramente circunstancial.
Así lo demuestran los aedos, fidedignas fuentes de la tradición del odio, cuando entonan sus cánticos populares para entretener a los Príncipes en las horas previas a la batalla. No pueden evitar, aunque el ambiente sea de coaligados, cantar en sus baladas los enfrentamientos entre serbios y albaneses, o viceversa, por la cuestión de Kosovo.
Diríase que es un asunto enquistado en las conciencias de una forma mecánica y que, ocurra lo que ocurra, sean cuales sean las circunstancias, el aborrecimiento, el odio y los cantos se repetirán una y otra vez, incluso cuando ambos bandos hayan fracasado en su alianza y extraviado la región a manos del Imperio Otomano, producto de una humillante derrota militar.
El desastre que vendrá por Kosovo significará que los turcos encontrarán aquí, en los Balcanes, una forma de acceso, la entrada directa y hasta el corazón de Europa, continente que se verá, con el tiempo y los años, amenazado hasta el mismo cerco de Viena. Ese desastre, esa tremenda desgracia acongojante, la derrota de los aliados cristianos sobre la llanura, es un fracaso narrado con pulso estremecido en el primero de los cuadros que Kadaré presenta en los Tres cantos fúnebres por Kosovo. En efecto, se trata de una suerte de tríptico sobre la Historia, sobre el rencor y el sometimiento de gran parte del continente ante el poder militar de la Sagrada Puerta.
Es el día 15, del mes de junio del año 1389, y el autor, acercando una lupa que amplía con minuciosidad y colorido ciertos aspectos, se va fijando en los campamentos de los dos ejércitos, en sus tiendas, en las actitudes y aptitudes de sus líderes, en el comportamiento de los soldados, en los preparativos para la batalla, en los miedos que albergan las cabezas de quienes serán protagonistas…
Tras la primera fase del libro, el segundo cuadro del tríptico escrito por Kadaré presenta a dos aedos. Uno serbio, Vladan, y otro albanés, Gjorg Shkreli, que huyen de la batalla, del desastre de la derrota, y tratan de alejarse del avance turco adentrándose en Centroeuropa. La narración es ahora más contenida y calmada, plena de un espíritu reflexivo que plantea cuestiones referentes a la tolerancia religiosa, al perdón, al espíritu nacional y a esos componentes mágicos y misteriosos que fascinan al autor y que forman parte del manantío, fijación y posterior conservación de los cantos épicos y de las tradicionales poesías orales.
Los dos rapsodas, cada vez que se ven en la obligación de actuar en público, entonan una y otra vez cantos de odio mutuo entre serbios y albaneses, enconados por Kosovo. Simplemente, no saben hacer otra cosa más que repetir lo que han aprendido.
Cargados de gran simbolismo, el lahutare albanés y el serbio con su gusla, representan la memoria de las dos naciones, la irracionalidad del odio heredado que va más allá de las reflexiones, el peso de la tradición y el milagro de la tradición oral. Quizás, en este sentido de empatía con uno y otro bando, de neutralidad o de afán por conciliar el dolor de los pueblos, la última fase del tríptico de Kosovokadareano es el lamento del propio Murat I, fallecido durante la batalla y cuya sangre ha quedado recogida en una vasija e introducida en un túmulo sobre la llanura del Campo de los Mirlos.
El sultán asesinado lamenta aquello que entiende como una maldición de su sangre, reflexionando desde una situación de no–existencia con la clarividencia que le proporciona una perspectiva de siglos a la vez que atemporal: sobre aquellos campos pesa y pesará el odio, la muerte siempre estará presente mientras rapsodas como Vladan y Shkreli continúen obcecados en cantar el mutuo aborrecimiento de ambos pueblos, en lugar de atender a cuestiones de mera supervivencia común.

La historia de Kosovo es, fundamentalmente, una historia de sangre porque, tal y como cierra Kadaré el texto:
“bastan unas gotas de sangre para contener en su interior toda la memoria del mundo”.
Por todo ello, una memoria de Kosovo, como esta que lleva a cabo Kadaré, no puede ser sino una memoria de sangre: una memoria siempre dolorida, una memoria fúnebre.
Por mucho que Rita Ora celebre esa independencia, a los lados de las carreteras de Kosovo brotan esas tumbas con lápidas de pizarra negra; sobre ellas el retrato del guerrillero fallecido. Casi todos los muertos tenían entre los 16 y los 18 años de edad. Demasiado dolor.

Con la fiesta del pasado 17 de febrero, mientras Rita Ora iniciaba la cuenta atrás que conducía al aniversario, esa memoria infame de la humanidad que se encuentra latente en ese Campo de los Mirlospudo despegarse un poco de nuestros corazones y, por un instante, mecernos en el poder curativo de la música, del arte, de la literatura y de la concordia.
Pero solo por un breve instante.

domingo, 13 de octubre de 2013

Diario de Kosovo. Artículos, cartas y otros textos.



Se divide este Diario de Kosovo en cuatro secciones claramente diferenciadas, cumpliendo con el subtítulo otorgado por la editorial de Artículos, cartas y otros textos. Una primera parte, la central de la obra y que le da nombre, se compone de las ochenta y siete notas que Kadaré apuntó en forma de diario sobre el conflicto bélico de Kosovo, desde el mes de enero de 1999 y que se interrumpen a mediados del mes de octubre. A continuación del diario, se recogen seis artículos periodísticos del escritor, en donde reflexiona sobre el problema, publicados en la prensa internacional entre los años 1994 y 1999.

Después, el volumen se completa con dos prólogos a otros dos libros que abordan el mismo asunto kosovar (un ensayo y una novela), y toda esta recopilación se cierra con tres cartas del propio Kadaré dirigidas a tres primeros ministros y líderes europeos, redactadas durante el mes de septiembre de 1991.

En sus notas al diario propiamente dicho, Kadaré se aleja de la manera que anteriormente había abordado el problema en su obra Tres cantos fúnebres por Kosovo. En efecto, aquello era una novela, una novela en forma de tríptico histórico, y estas anotaciones nada tienen que ver con la narración ni con la ficción. Son producto del análisis de una realidad política y militar a la que el escritor tiene el privilegio de asistir en calidad de influyente generador de opinión, como una de las partes afectadas, o en representación de ella.

La ficción ha dejado paso a la realidad, a la realidad más dura, violenta y descarnada. A una serie de aberraciones, matanzas y genocidios, a la limpieza étnica, a las maniobras de intervención de la OTAN con sus bombardeos de castigo sobre Serbia, eso también, acciones ante las cuales la sensibilidad del intelectual albanés no puede permanecer indiferente. Por encima de todo aparece un motor que genera las reflexiones: el martirio del pueblo albanés en Kosovo, víctimas a manos de los serbios y de su política de exterminio.

De esta manera, Kadaré despliega sus esfuerzos en relaciones con políticos, intelectuales y otros escritores, al efecto de socorrer a sus compatriotas. Por las notas del diario desfilan presencias y nombres pro-albaneses y anti-albaneses, pro-kosovares o pro-serbios, delineándose el universo que en esos instantes vive el autor, compuesto por los afines a la causa y los contrarios a ella, es decir, los criminales que apoyan el genocidio.

Desde Mitterrand a Peter Handke, de Günter Grass a Herta Müller, pasando por Costa-Gavras o Mikis Theodorakis, de Madeleine Albright a Slobodan Milosevic, Javier Solana o el paramilitar Arkan, todos ellos aparecen colocados sobre este tablero de ajedrez político que nos descubre Kadaré, ocupando sus escaques, comprometidos con la libertad, el humanismo y la justicia, o enfangados con la muerte de la que son partidarios y ejecutores. Y al fondo, el pueblo de Kosovo que soporta las deportaciones, las matanzas, mientras Europa realiza sus maniobras diplomáticas y el continente asiste al drama proyectado en las pantallas de la televisión.

Kadaré busca alcanzar al lector un Kosovo que vaya más allá de los noticieros y telediarios. Porque el Kosovo de la televisión, de las declaraciones de los políticos, es un Kosovo manipulado, falseado en virtud de las intenciones de cada parte. En las entradas de su diario, el autor busca iluminar la verdad de la región, poniendo en claro los orígenes geopolíticos y la realidad de una historia que es sistemáticamente manipulada por los serbios, a cuya manipulación prestan oídos los europeos. Al hacerlo, equiparan los derechos y sufrimientos de los verdugos con las víctimas, y ese es el principal encono de Kadaré, poner fin y aclarar una situación tan lacerante.

La manipulación de la historia llevada a cabo por la Yugoslavia comunista y la Serbia nacionalista del momento no deja de ser uno de los temas afines al imaginario literario de Ismaíl Kadaré. Con mayor razón, por ello, que le preste tanta atención al ser uno de los detonantes del conflicto y, además, la forma en la que los serbios pueden emboscar sus actitudes criminales. Serbia llevaba siglos deformando, prostituyendo, corrompiendo la historia, para legitimar su presencia en Kosovo y justificar su política de crímenes. Aunque estamos ante un asunto bien alejado de la ficción, la denuncia de manipulación histórica recuerda a las maniobras de rectificación de la Historia que narra Orwell en 1984 y, por supuesto, entroncan con las mentiras que el propio régimen estalinista llevó a cabo (borrado de fotos, supresión de documentos, etcétera).

Aparte de que Kadaré se tope en este doloroso asunto con algunos de los fantasmas que pueblan su imaginario, especialmente con los fantasmas de la manipulación y la conspiración, tan propios del comunismo, las líneas de la realidad de los acontecimientos que expone en su diario vienen a demostrar que, desde la batalla de Kosovo (ya utilizada en provecho propio por el eslavismo en general y Serbia en particular), Albania y la región ubicada en el campo de mirlos han venido experimentado una sistemática campaña de desprestigio y mentiras, con objeto de que, en un momento dado, su exterminio haya sido, si no abiertamente permitido, si tolerado por la opinión internacional.

En la línea de argumentación, estudio y análisis de un asunto tan complejo, se desarrolla la segunda parte del libro: los artículos de Kadaré publicados en la prensa internacional. Con ellos busca azotar conciencias, advertir de las masacres y avisar de la guerra con la intención de subvertir el estado político de las cosas en esos momentos. La voz de Kadaré es una voz de peso en el panorama intelectual europeo, como queda demostrado por la publicación de estos artículos en cabeceras de primera fila y prestigio como son El País o Le Monde.

Sin embargo, después de tantas notas y argumentaciones, de tanto porfiar para obtener la paz y una solución dialogada, queda la amarga impresión de que la voz de Kadaré, como la de otros tantos intelectuales europeos, se ha perdido por un sumidero en el mismo momento en que se inició la primera limpieza étnica, en el momento en que partió la primera columna de deportados de Kosovo, incluso ante el lanzamiento de la primera bomba de la OTAN.

Los Balcanes y Kosovo aparecen como una quiebra de la intelectualidad europea. Los dos prólogos de Kadaré a sendos libros sobre el asunto, uno de tono ensayístico de Ibrahim Rugova y una novela de Rexhep Qosja, parecen dirigirse en este sentido: estas voces son voces ignoradas.

Las cartas a Mitterand, George Bush y Vaclav Havel, que cierran el volumen, dirigidas por Kadaré a estos presidentes pidiéndoles ayuda en la cuestión de Kosovo y apelando al humanismo y la responsabilidad política y moral que se les supone a los líderes democráticos hacen pensar que, con la perspectiva actual -a casi quince años desde el conflicto-, en el asunto de Kosovo y de Serbia, Europa ha ganado la guerra y perdido la paz, una paz que se lleva edificando en un proyecto de política y unión europeas sobre un territorio balcánico empapado en sangre.

La construcción de ese destino común europeo, sin zanjar con justicia la cuestión balcánica, avanzará con un enorme peso moral, un lastre de deuda moral, que abrumará para siempre las conciencias y acabará por impedir todo progreso de futuro aunque la cantante de origen kosovar Rita Ora, en una demostración de que en efecto corren otros tiempos de modernidad sobre el campo de mirlos actual, ruede un videoclip de su tema Shine Ya Light para la MTV con Pristina como escenario y actúe de pinchadiscos, a ritmo de rap, sobre el monumento NewBorn, la estatua conmemorativa de la independencia de Kosovo (independencia no reconocida aún por todos los países de Europa).

Bajo esa presunta cotidianidad de la modernidad mana una corriente subterránea de sangre, una memoria de agravios todavía pendientes de ser cancelados con la necesidad de la justicia. Quizás, solamente, habría que dejar de mirar hacia otro lado y enfocar la visión de la responsabilidad de cada político, de cada escritor, de cada intelectual, recordando lo que dijeron, cómo lo dijeron en aquellos momentos y, lo que resultaría de capital importancia: porqué hicieron lo que hicieron.

sábado, 12 de octubre de 2013

Diario de Kosovo. Artículos, cartas y otros textos (ficha bibliográfica)

Título original: Ra ky mort e u pamë.

Primera edición en Albania: Tirana: 1999.

Ediciones en España:

1-Siruela; Madrid: 2007. 216 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces. Colección El ojo del tiempo, nº 13.

2-Siruela; Madrid: 2009. 216 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces. Colección El ojo del tiempo, nº 13. 2ª Edición.

Tres cantos fúnebres por Kosovo



Poco después de la explosión cosmológica y narrativa en Spiritus, de gran complejidad estructural, Kadaré retoma el pulso literario con una historia sencilla, simple y lineal, una novela histórica rápida y vital bajo la cual late un pulso especial, se percibe una corriente vibratoria que la atraviesa de principio a fin, ofreciendo una especie de tríptico de la medieval batalla de Kosovo. Un tríptico de sangre y muerte, cargado de dolor, algo de rabia y toneladas de tristeza y desesperanza.

El texto late con violencia, borbotea espeso y contundente en el fondo de cada una de sus frases, de sus líneas y párrafos; encontramos algo más que la descripción literaria, en mayor o menor medida respetuosa con los sucesos históricos, y nos topamos con el origen de un problema de odio enquistado, la larga historia de una tradición sobre el aborrecimiento entre serbios y albaneses. Un odio que se hace extensible a la intolerancia religiosa y al propio carácter destructivo, vengativo y rencoroso, del ser humano.

El asunto de Kosovo es un asunto delicado, y muy doloroso. Kadaré, aquí, se remonta hasta una parte del conflicto, pero no a sus inicios. Queda muy claro que la coalición cristiana, integrada por húngaros, serbios, rumanos, bosnios y albaneses, entre otros, ya se trataba con inmemorial odio y encono en todo lo relacionado con esa región balcánica denominada como el campo de los mirlos. Que se hayan unido ante un enemigo común y mayor, esta vez, codo con codo, es un asunto meramente circunstancial.

Así lo demuestran los aedos, fidedignas fuentes de la tradición del odio, cuando entonan sus cánticos populares para entretener a los príncipes en las horas previas a la batalla. No pueden evitar, aunque el ambiente sea de coaligados, cantar en sus baladas los enfrentamientos entre serbios y albaneses, o viceversa, por la cuestión de Kosovo. Diríase que es un asunto enquistado en las conciencias de una forma mecánica y que, ocurra lo que ocurra, sean cuales sean las circunstancias, el aborrecimiento, el odio y los cantos se repetirán una y otra vez, incluso cuando ambos bandos hayan fracasado en su alianza y extraviado la región a manos del Imperio Otomano, producto de una humillante derrota militar.


El desastre que vendrá por Kosovo significará que los turcos encontrarán aquí, en los Balcanes, una forma de acceso, la entrada directa y hasta el corazón de Europa, continente que se verá, con el tiempo y los años, amenazado hasta el mismo cerco de Viena. Ese desastre, esa tremenda desgracia acongojante, la derrota de los aliados cristianos sobre la llanura, es un fracaso narrado con pulso estremecido en el primero de los cuadros que Kadaré presenta en los Tres cantos fúnebres por Kosovo. En efecto, se trata de una suerte de tríptico sobre la historia, sobre el rencor y el sometimiento de gran parte del continente ante el poder militar de la Sagrada Puerta.

Es el día 15, del mes de junio del año 1398, y el autor, acercando una lupa que amplía con minuciosidad y colorido ciertos aspectos, se va fijando en los campamentos de los dos ejércitos, en sus tiendas, en las actitudes y aptitudes de sus líderes, en el comportamiento de los soldados, en los preparativos para la batalla, en los miedos que albergan las cabezas de quienes serán protagonistas. Ante el cristal de aumento desfilan los señores cristianos, llamados a la gloria y que toparán con el amargo fracaso, y el sultán Murad I, y sus hijos, prestando una atención especial a uno de ellos: Bayaceto.

Esta figura, Bayaceto, llamado a recoger y ejercer el poder de su padre Murad, protagoniza una historia que se encaja dentro de la trama de la batalla. Bayaceto es el autor de una conjura contra su padre para asegurarse el poder. Cuando la derrota cristiana se ha consumado, de repente, sin saberse muy bien como -la leyenda aquí es caprichosa y ofrece sus variantes-, Murad I será asesinado.

El asesinato de Murad I permite a Kadaré filtrar en la historia de la batalla del Kosovo un pedazo de su imaginario literario, concretamente el asunto de la conspiración, de la manipulación de la historia y de las luchas por el poder llevadas a cabo por los sucesores de aquellos que han sido determinados como Líderes. En el primer sentido, el conspirativo, Bayaceto, además, con engaños, atrae a su hermano mayor Jakub hasta la tienda donde yace muerto el sultán y también lo ejecuta, asegurándose así la sucesión. Toda esa secuencia no queda clara narrativamente hablando, el propio Murad la vive como entre sueños, creándose cierta confusión incluso con la aparición de un doble del sultán (otro de los asuntos característicos del imaginario kadariano).


Las versiones históricamente admitidas son que un soldado balcánico, fingiéndose muerto, pudo levantarse rápidamente para acuchillar a Murad I cuando el sultán se paseaba a caballo inspeccionando el campo de batalla, una vez obtenida la victoria. En las leyendas serbias será un personaje de balada, Milos Obilic quien, montado en un fabuloso caballo, alcance la tienda de Murad I y lo asesine, quizás para compensar así la vergüenza de que el príncipe Vuk Brankovic, traicionando al príncipe Lázaro, se había pasado con su ejército del lado musulmán. En cualquier caso, sopesados los pros y los contras de cada historia, Kadaré argumenta su propia tesis, amparada en la conspiración, el golpe de estado y la traición del hijo menor del poderoso sultán.

 
El segundo cuadro del tríptico escrito por Kadaré presenta a dos aedos, uno serbio, Vladan, y otro albanés, Gjorg Shkreli, que huyen de la batalla, del desastre de la derrota, y tratan de alejarse del avance turco adentrándose en Centroeuropa. La narración es ahora más contenida y calmada, plena de un espíritu reflexivo que plantea cuestiones referentes a la tolerancia religiosa, al perdón, al espíritu nacional y a esos componentes mágicos y misteriosos que fascinan al autor y que forman parte del manantío, fijación y posterior conservación de los cantos épicos y de las tradicionales poesías orales. Los dos rapsodas, cada vez que se ven en la obligación de actuar en público, entonan una y otra vez cantos de odio mutuo entre serbios y albaneses, enconados por Kosovo. Simplemente, no saben hacer otra cosa más que repetir lo que han aprendido.

Cargados de gran simbolismo, el lahutare albanés y el serbio con su gusla, representan la memoria de las dos naciones, la irracionalidad del odio heredado que va más allá de las reflexiones, el peso de la tradición y el milagro de la tradición oral, circunstancia esta última que se ha convertido en uno de los asuntos fundamentales para Kadaré, tratado en novelas como El expediente H., o Spiritus. Indudablemente, hay mucho de misterioso y milagroso en los procesos que desembocan en la constitución de una balada, y en su mantenimiento y variaciones a lo largo de los siglos.

Sin embargo, aunque el texto narre, principalmente, un enfrentamiento entre naciones, y la epopeya, la balada popular, sea expresamente eso, el canto de identidad de un pueblo, textos o versos que viajan cargados de una identidad muy nacional, no aparecen rastros de nacionalismo albanés ni de ningún tipo de maniqueísmo por parte del autor en el texto, o yo, desde mi perspectiva menos avezada en los asuntos balcánicos, no he sido capaz de apreciarlos. Tal vez, quienes beban y vivan de pleno la circunstancia, sí que sean capaces de hallar un rastro pro albanés o de nacionalismo desquiciado en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Desde luego, yo no soy capaz.

El 4 de julio de 1999, en pleno conflicto bélico de Kosovo, la casa Heinrich Böll de Berlín organizó un fórum sobre Kosovo con la presencia, entre otros y además del propio Kadaré, de una pléyade de escritores, pensadores y filósofos europeos, contando con personalidades como Günter Grass o Hertha Müller. En el arranque del acto se leyó un texto de Tres cantos fúnebres por Kosovo. A este respecto, será Kadaré quién comente, en su Diario de Kosovo, que sentía “como todos se mantienen vigilantes por si descubren algún rastro de nacionalismo albanés, ese ogro al que se alude en todas partes pero sin precisar nunca dónde se manifiesta. Desde este punto de vista, Tres cantos fúnebres es realmente un texto desconcertante, yo diría incluso que mortificante, por no calificarlo de diabólico. Ha sido traducido en una decena de países, incluyendo Turquía y Grecia, y absolutamente nadie ha detectado hasta hoy el más leve aroma a nacionalismo” (Diario de Kosovo, 2007:111).

Quizás, en este sentido de empatía con uno y otro bando, de neutralidad o de afán por conciliar el dolor de los pueblos, la última fase del tríptico es el lamento del propio Murad I, cuya sangre ha quedado recogida en una vasija e introducida en un túmulo sobre la llanura del campo de mirlos. El sultán asesinado lamenta aquello que entiende como una maldición de su sangre, reflexionando desde una situación de no-existencia, con la clarividencia que le da una perspectiva de siglos a la vez que atemporal: sobre aquellos campos pesa y pesará el odio, la muerte siempre estará presente mientras rapsodas como Vladan y Shkreli continúen obcecados en cantar el mutuo aborrecimiento de ambos pueblos, en lugar de atender a cuestiones de mera supervivencia común.

La historia de Kosovo es, fundamentalmente, una historia de sangre porque, tal y como cierra Kadaré el texto: “bastan unas gotas de sangre para contener en su interior toda la memoria del mundo”.

Por todo ello, una memoria de Kosovo, como esta que lleva a cabo Kadaré, no puede ser sino una memoria de sangre: una memoria siempre dolorida, una memoria fúnebre.