jueves, 7 de mayo de 2015

La provocación -relato-



En La provocación serán dos los enigmas que se planteen en la narración breve: el destino del sargento Fed Kosturi y por ende, el de toda su dotación estacionada en el paso fronterizo incomunicado por la nieve, con el enemigo amenazante a escasos metros, y la suerte que correrá la muchacha herida que las tropas enemigas habían llevado una noche para divertirse con ella. Tras una lectura recta, sin dificultades ni requiebros sinuosos, simplemente con unas gotas de suspense y un par de situaciones de tensión, el desenlace se desencadena de la forma más funesta posible, dejando una amargura e inquietud en el lector que, en esta ocasión, no es producto de un horizonte de expectativas insatisfecho o de alguna duda que le haya sugerido la lectura, duda sin aclarar, sino de haber asistido a una lectura áspera, dura, ciertamente inhumana.
 
La novela breve arranca sumida en la nieve, que todo lo anegará y ahogará, para en ningún momento abandonar la presencia en la narración. Así, en el segundo párrafo, el sargento Fred Kosturi ya se queja de que “la nieve me cegaba”, y el marcador temporal ubica, rápidamente, la historia en la Navidad. Un incipit en el corazón de lo más invernal. Y como colofón a la primera sección de la narración, se desencadena la nevada, y los términos relacionados con ese fenómeno climatológico son abundantes y están más presentes que en cualquier otra obra de Kadaré. Esta nieve tiene un componente mortal, teñida de cierto halo de maldad: “Añorábamos igualmente el resto de los colores, hasta tal punto que todo lo malo que nos había pasado en la vida se nos antojaba blanco y frío, y al revés, todo lo bueno, negro y cálido” (42).
 
La presencia de la nieve en el puesto fronterizo se ha convertido en algo desasosegante para los nervios: “el crujido de la nieve bajo mis botas; un crujido molesto, chirriante y monótono” (47), que en cierto modo anticipa la catástrofe que se avecina sobre los integrantes del retén de guardia. Esta relación catastrófica, asfixiante, con tintes claustrofóbicos, me lleva a colocar, en algunos aspectos, y de forma notable por contraposición climática, a La Provocación, con un relato con el que he encontrado líneas comunes, aunque se desarrolle bajo un durísimo clima selvático y africano: El Simún de Horacio Quiroga. Entre las situaciones narrativas de ambos textos, la indefensión del retén ante las extremas condiciones del clima y de la naturaleza, que propician comportamientos psicóticos y esquizoides, pueden equiparar el cerco de la nevada al cerco que, en el Sahara, establece la tormenta de arena. El “crujido de la nieve bajo mis botas; un crujido molesto, chirriante, monótono” que se deriva de la tormenta invernal se equipara al “mascar constantemente arena, sobre todo cuando se está rabioso…”, de El Simún 
 
Notablemente, cabe señalar que en una narración como La provocación, atravesada de principio a fin por la presencia de la nieve, y una vez que se ha producido su desenlace la masacre que ha terminado con la vida de todos los integrantes del puesto fronterizo, no será la nieve quien tendrá la última palabra, sino que Kadaré le cederá el protagonismo a otro elemento climatológico que compondrá un cuadro, en este caso, de mucha mayor carga dramática que las nevadas, como es el viento. Así, antes de terminar el relato, se nos presenta un apunte sobre el clima y su acción junto a los soldados muertos, como una forma de recalcar el poder de la climatología en el drama: “Una corriente de aire soplaba, desde ambos lados del pasillo, sobre los muertos” (2014b: 53). No es necesario añadir, ya, ni una palabra más sobre la nieve, que tan presente ha estado mientras vivían. Ahora que todos han muerto, es el tiempo del viento.

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