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domingo, 1 de septiembre de 2013

El puente de los tres arcos



Leyenda y pavor, crimen y encrucijadas, se entremezclan en El puente de los tres arcos, novela de Ismaíl Kadaré que parece sostener cierto origen común, o trasfondo o subtexto que recuerda a veces a Un puente sobre el Drina, del premio Nobel serbio Ivo Andric (esta última mucho más célebre, con su propia entrada en la Wikipedia y todo). En Kadaré, la leyenda del puente, reivindicada como originalmente albanesa, no oculta sino un fin en sí misma, el asesinato, el emparedamiento de un hombre en los pilares del puente sobre el río, en este caso el Ujana e Keqe, es decir, el río Aguas malas, toda una advertencia de los castigos, del futuro que recibirán quienes se atrevan a desafiar a la naturaleza construyendo un artefacto para salvar la corriente y sepultando a un hombre en sus cimientos para fraguar el futuro.

En principio, y desde tiempos inmemoriales, un barquero (sí, un barquero, tan simbólico como sencillo) se encargaba de que las cosas fueran como debían: cruzaba a la gente de una a otra orilla. Así debía ser, pero un caminante sufrió un ataque epiléptico junto al embarcadero, lo que fue interpretado como una señal de que ese era el lugar en donde se debería levantar un puente. El lugar es Arbería, la Albania medieval, la Albania de 1377, repleta de miedos y oscuridad, de temor y supersticiones, tal y como demuestra en esta crónica que narra -ubicado desde el pavor- el monje Gjon. Arbería: un terreno abonado para la superchería, sobre el que bastaba con que se desplomara un epiléptico, para desencadenarse todo tipo de tragedias. Con la tolerancia indolente de un conde que no es capaz de interpretar los sucesos ni puede defenderse ante el peligro inminente, el puente se levantará sobre las aguas y, finalmente, por él, a través de él, llegaran los invasores (que tal vez estaban tras el epiléptico y tras otra suerte de sucesos que contribuyen a la construcción) para sumir a la Arbería en una noche otomana de siglos.

Sin embargo, y aquí radica lo espantoso, el puente necesitará consolidarse en el terreno de Arbería. Superará algunos sabotajes; algunas veces, aparece medio derruido lo que se ha construido el día anterior, por lo que se decide recurrir a una vieja leyenda: la necesidad de emparedar a alguien en los cimientos con el fin de que aquella obra marche adelante y se termine con bien. Por supuesto, para legitimar el disparate, esa persona emparedada acudiría por su propia voluntad, bajo el acuerdo de un contrato que garantizará el bienestar futuro de su familia. Y así, no falta quien se presente voluntario. Quedará fundido a la leyenda y su rostro, su silueta, blanqueada por la cal, para siempre en los pilares del puente y del mito.

Kadaré reflexiona aquí con el terrible futuro de Albania como estado, que necesitará de mucha sangre y sufrimiento, bien arraigado a su tierra, para estabilizarse como país. Pero también se nos presenta una enorme carga de simbolismo en su advertencia sobre los estados y los estadistas: dispuestos a cualquier crimen para perpetuarse. Así le ocurriría a Albania, deberá cimentar con el sufrimiento de los suyos la intención de ser un estado independiente en ese futuro nebuloso. Y después, en ese futuro, sus ciudadanos, como figuras de yeso emparedadas en los cimientos del comunismo, soportarán la celda interior del régimen de Hoxha.

Todo ello, narrado por el monje bajo el marco de esta leyenda del puente, una leyenda lo suficientemente extendida, puesto que, tal y como asegura Gjon, se trata de una leyenda que se conoce en las once lenguas balcánicas. El emparedamiento en los pilares del puente arranca, de esa forma, desde la leyenda y el mito, sembrado en el imaginario balcánico, y se desarrolla en los miedos del inconsciente colectivo de todo ese ámbito. Sobre la leyenda se desarrolla el pavor, y con ella, de su mano, arrecian los más oscuros temores y se cometen las mayores iniquidades.

El puente, ya convertido en un puente de sangre, será la bisagra que emparente a la Arbería medieval con el año 755 de la hégira. Y desde allí, se extenderá el tiempo inamovible bajo el alfanje.


El puente de los tres arcos (ficha bibliográfica)

Título original: Ura me tri harqe. Triptik me një intermexo.

Primera edición en Albania: Tirana: 1978. Naim Frashëri, 512 pp.

Ediciones en España:

1-Libertarias; Madrid: 1989. 149 páginas. Traducción del francés de Jesús Hernández Carrascosa. Colección Tres de cuatro soles, nº 4.

domingo, 25 de agosto de 2013

La estirpe de los Hankoni



La estirpe de los Hankoni es una novela corta escrita por Kadaré en 1977, y que en España aparece editada en el volumen Cuestión de locura, junto a otras tres novelas breves: la que da el título al volumen, la ya reseñada en este blog Días de juerga, y El desprecio. En La estirpe de los Hankoni, Kadaré busca relatar y retratar una saga familiar albanesa, con todos sus avatares y vivencias, sus costumbres, y la forma en que consigue salir adelante durante el periodo de tiempo que comprende desde el siglo XVIII, hasta el arranque del siglo XX.

Son diversos los símbolos de la vida cotidiana que el autor emplea para reflejar esta evolución del tiempo, fundamentalmente la casa, la tumba, las tierras y el mercadeo de la sal, primero, del petróleo, después, la usura, finalmente. De esta manera, picoteando en algunos años claves para la narración, 1703, 1729, 1789, 1800, hasta el amanecer del primer día del siglo XX, se despliega un texto repleto de simbolismo y señalado por algunos acontecimientos históricos claves, como la independencia de Grecia, la insurrección de Alí bajá de Tepelena, la introducción del alfabeto albanés, la Revolución Francesa, y acontecimientos de la vida privada y familiar de los Hankoni, marcada por un engaño en una cuestión de lindes, pecado original de la estirpe, y culminado con el infame asesinato colectivo de Roxana, que es ahogada a manos de sus familiares, acusada de haber perdido la honra con un albañil.

Con ese inicio, el engaño en la cuestión de tierras perpetrado por Baski Hankoni que juró en falso, toda la prosperidad posterior de la familia se verá comprometida al entrar en conflicto con el kanun, el código consuetudinario albanés, y en la deuda que contraen con él, al perjurar, deuda que nunca terminarán de saldar. Después, la construcción de la casa, a la que se añaden habitaciones y nuevas alas, reflejará el florecer de los Hankoni, a la par de cómo se van incrementando las sepulturas al lado de la construcción en la tierra robada, túmulos que van integrando los miembros de la familia. La evolución económica marchará acorde con el ritmo de los tiempos, y de vender sal pasarán al petróleo, superarán diversas crisis, y prestarán dinero a interés, tal vez mostrando así la degradación de la familia, porque, tal y como subtitula Kadaré, el texto no se trata nada más que de una “crónica familiar”. Una novela corta de una gran densidad y enorme potencia.

Repleto de guiños autorreferenciales a su propia obra (el Tabir de El Palacio de los sueños, la rebelión de Tepelena de El nicho de la vergüenza, el suceso de la introducción del alfabeto que aparece ya en El puente de los tres arcos, la traición al kanun, código sobre el que versará la novela Abril quebrado), incrustan esta narración en el corazón de la producción de Kadaré; viene a complementarla, como si permitiera aproximarse al resto de sus novelas desde otro punto de vista. Es una especie de solapa o doblez que ilumina algunos relatos, pero también otras ideas levemente pergeñadas entre párrafos de sus textos. Todo ello, completado con una reflexión sobre el paso del tiempo, los gobiernos y el devenir de los estados, y el ser humano como una mera marioneta azotada por la historia y la política, aunque haya intentado defenderse integrado en el seno de una gran familia, que acabará fracasando como saga. Ni tan siquiera le restará a los Hankoni el orgullo de salvar el postrero testamento, declarado nulo.

Puede que su derrota ya se encontrara marcada en el inicio de los tiempos.