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miércoles, 2 de octubre de 2013

La hija de Agamenón



Ifigenia, la hija de Agamenón, rey de Grecia, según cuenta la tradición debía ser sacrificada por su padre en Aúlide para así calmar a la furiosa diosa Artemis que había parado el viento con una gran encalmada que impedía a las naves de los aqueos zarpar en dirección hacia la campaña de Troya. Agamenón, implacable, encuentra razonable el sacrificio de la hija en pos de sus beneficios políticos y militares. Al final, sin embargo, Ifigenia es sustituida, en el último instante, por una cervatilla en su lugar.

Suzana es la hija del miembro principal del buró, del hombre señalado a suceder al Gran Líder cuando cese en su mando. Y ese futuro de gloria y poder podría verse empañado por el comportamiento de la mujer, que mantiene una relación amorosa inconveniente que podría manchar la reputación del padre en una Albania repleta de odios, intrigas, dobleces, traiciones por el poder, y en donde todo vale para ocupar un puesto tan preciado como el de sucesor. Suzana debe sacrificarse, como Ifigenia, por el bien político del padre, y abandonar la relación poco recomendable.

Kadaré establece un paralelismo entre las intrigas y el juego sucio del Partido con el mito de Ifigenia, iguala los intereses y ambiciones de Agamenón y del sucesor, reflexiona acerca de las cuestiones morales del poder “a cualquier precio”, sobre la inhumanidad de los dirigentes y de los totalitarismos e, incluso, introduce una reflexión sobre el propio mito relacionada con su máxima de “la gran estratagema” (en función de si todo el sacrificio de Ifigenia y la posterior sustitución por el cervatillo no obedecen a las farsas políticas, si sólo son maniobras de distracción del poder para aterrorizar a los súbditos).

En efecto, si un Líder envía al sacrificio a su propia hija, ¿qué penalidades y entregas no exigirá de su pueblo? Con ese momento, ejemplar, el pánico se apodera de todo el sistema, desde los hombres situados más abajo hasta los altos miembros pertenecientes al gobierno. De ese modo, el sucesor envía un mensaje de lo que está dispuesto a empeñar por su ambición de alcanzar el poder, un mensaje dirigido en dos planos (aterroriza al pueblo, y porque sirve para amedrentar, además, a sus futuros camaradas y rivales políticos y le demuestra al Líder su entrega incondicional a la idea y al sistema).

Troya, lo relacionado con la ciudad épica, su asedio y caída, siempre ha sido un tema referencial en la narrativa del escritor albanés, así como sus constantes referencias a la cultura y a los mitos clásicos. En Ifigenia, encuentra, además, muchos de los elementos de las tragedias de su admirado Esquilo, con un drama que se puede superponer a la dictadura de Hoxha.

La perspectiva elegida para narrar los acontecimientos se inserta en un determinado y significativo momento temporal: el amante de Suzana se dirige a las celebraciones del Primero de Mayo, tan cargadas de significado e importancia en los países comunistas, y que en Albania son una gran fiesta política y nacional. Mientras camina en pos de ubicarse en una tribuna de preferencia, desgrana sus pensamientos y reflexiones en primera persona acerca de la pérdida de la mujer, del sacrificio, de la hipocresía de la clase dirigente, de la pavorosa vida cotidiana bajo el comunismo… Todo ello salpicado con su percepción personal del momento, del gentío que, como autómatas, se dirigen a presenciar el desfile y vitorear a sus líderes.

Todos ellos son producto del pánico, de las escuchas, de los chivatazos, de las delaciones, del estado de angustia y depravación moral que rige en Albania. Ante la visión de una familia que acude al acto, el protagonista argumenta un “padre ideal con hijas de la mano bajo el cielo socialista de mayo”, una estampa perfecta que ha costado el sufrimiento de muchos, porque “¿a qué precio te has ganado esa estampa? ¿A quién has enviado al destierro?”, le gustaría preguntarle al padre alegre y orgulloso. Es el sustrato más bajo del sistema amoral, donde rige el monopolio de la sospecha y la degradación humana.

El engranaje de perfidia y crueldades hace que todos crean que poseen un pasado deshonroso, plagado de actos contra el Estado, un pasado que ocultar bajo el temor, y se conducen como cáscaras vacías, alienados, movidos por vacías consignas de aterradores promesas: “Defenderemos los principios del marxismo-leninismo, incluso si nos vemos obligados a comer hierba”. Cualquier sacrificio será escaso; Ifigenia encaja a la perfección en todo ello.

Aprovechando las reflexiones del protagonista, Kadaré va repasado uno a uno los crímenes del régimen y los diferentes resortes que ha utilizado para reprimir las conciencias, desde la autocrítica, las asambleas, las purgas, los procesos, las depuraciones, la censura a los escritores… la historia política de Albania, las decisiones de su Gran Líder Hoxha con todas sus iniquidades.

Kadaré, mediante trucos y engaños, consiguió sacar del país, junto a otras obras, La hija de Agamenón, primer escrito en el que se narra de forma directa y explícita su postura ante el régimen criminal de Hoxha. Antes, había utilizado subterfugios (la llamada noche otomana para ubicar sucesos políticos muy similares a los de la Albania actual, las alusiones más o menos veladas al control de las conciencias en El Palacio de los sueños, al terror político en El firmán de la ceguera…), pero La hija de Agamenón, acabada en 1986, era una narración impensable e imposible para aquellos momentos: y tremendamente comprometedora y peligrosa. Tras ciertas peripecias, fue puesta a salvo en París, en el interior de una caja fuerte, gracias al editor Claude Durand. Después, a la caída del comunismo, aquellos textos vieron la luz, muchos de ellos retocados, pero no así La hija de Agamenón, que apareció editada exactamente igual que fue redactada entre los años 84 y 86.

El empeño de Kadaré en la obra es el de reflejar la caída moral, de los políticos, de las ideas, de los ideales, del Gran Dirigente, pero, además, el vaciamiento y agostamiento de la vida bajo el comunismo: “¿Cuántos años de semejante aridez serían precisos para convertir la vida en un erial?”, se pregunta el protagonista. Y añade: “Y todo eso por la sola razón de que así, marchita, reseca, la vida era más fácilmente dominable”. Al final del texto, Kadaré establece un paralelismo de Troya, de la campaña y de los sucesos que conducen a su final, con la infamia. La historia de Troya, repleta de muertes y artimañas políticas, no es sino la historia de una infamia.

No en vano, ¿qué podía esperarse de un país cuyo modelo era Stalin? Porque Albania era estalinista, mucho más que soviética, y cuando consideró que la URSS de Jruschov traicionaba los ideales de Stalin se alejó de ella. De esa manera, si Stalin había entregado a su propio hijo Jarkov a la muerte, sacrificándolo a manos de los nazis, el ejemplo entre los políticos albaneses debía cundir: tenían que ser como Stalin, cualquier sacrificio era poco, y el pueblo pensaría como en tiempos del sacrificio llevado a cabo en Aúlide: “Si el jefe supremo, Agamenón, había sacrificado a su propia hija, ni la más leve muestra de piedad podía esperarse para nadie”.

Y sí con el sacrifico de Ifigenia arrancaba la campaña de Troya, es decir, la campaña de la infamia, el sacrificio de Suzana rehusando a su relación amorosa para no perjudicar al sucesor sólo podía desembocar en la demoledora conclusión: si nadie espera ya piedad, entonces, “nada se opone ya al agostamiento de la vida”.




viernes, 20 de septiembre de 2013

Esquilo, el gran perdedor



Esquilo, el gran perdedor, es un ensayo de Kadaré que, aunque a simple vista parecería que versa sobre Esquilo, sus tragedias, lo poco que se conoce de su vida, lo que se conserva de su obra, aborda otras cuestiones muy interesantes, cuestiones y obsesiones tradicionales al imaginario del albanés que, por cierto, le han valido críticas desfavorables.

En este sentido de “fustigar” desde un punto de vista inflexible y académico –y no digo que sin razón, desde luego-, el erudito Carlos García Gual despedaza, desde sus conocimientos profundos de catedrático de filología griega, el texto de Kadaré, para una reseña crítica en la Revista de Libros. Gual arremete contra la concepción de Kadaré acerca de los orígenes balcánicos de la tragedia, y su entronque con los ritos funerarios y de boda albaneses. Castiga a Kadaré por no respetar los estudios de los eruditos, como Gual, que durante siglos se han dejado la vista y la salud en los retazos de textos para determinar asuntos que el albanés desmonta y reinterpreta de un plumazo y a su aire en este ensayo.

No seré yo el que diga que Gual carece de razón -mi doble aspecto de filólogo y de narrador, me sitúa en una posición complicada al respecto, a la hora de tomar partido, pero me puede más la faceta creadora que la investigadora- y es posible que su indignación sea legítima, es más, incluso exacta, y que ciertas conclusiones y máximas montadas por Kadaré en este Esquilo sean, cuanto menos, desmontables con facilidad. Ni si quiera le concede el beneficio de la duda a la hora de referirse a lo poco que se conoce de la vida de Esquilo, tampoco aquí le parece pertinente a Gual lo tratado por Kadaré. Y tal vez tenga razón, pero, sin embargo, Carlos García Gual comete un error, un enorme error en su crítica al ensayo: todo el rato lo contempla con ojos de filólogo, cegado por una visión academicista y polvorienta, alejada de las gafas de tres dimensiones, de relieve, de un Kadaré que es algo tan monumental y peligroso a la hora de meterse en estas honduras: es autor, es escritor, es creador.

De esta manera, la trasposición de Kadaré en Esquilo, al meterse en sus túnicas, calzar sus sandalias, sentirlo y reconocerse en él como autor -ambos son creadores- es una tarea filológica que va mucho más allá de la exactitud, del gusto por el detalle filológico, del estudio minucioso del texto o del lugar en donde, precisamente, falta ese pedazo de texto. Y Kadaré arroja mucha más información sobre ese Esquilo que abandona indignado la representación teatral en la que no han sido reconocidos sus méritos, hirviente de despecho, que los sesudos estudios introductorios sobre su obra.

Kadaré monta, pone en pie, un Esquilo tangible y humano desde las perspectivas de autor, de literato, de, fundamentalmente, novelista acostumbrado a trabajar con los materiales de la ficción, y en eso, la figura de Esquilo resultante palpita y se nos hace cercana, independientemente de las inexactitudes señaladas por Gual en los análisis de la tragedia que se desarrollan en el ensayo, o de los errores y simplificaciones notables –tal y como los califica en su crítica-.

Kadaré compone un  Esquilo con piel y huesos y corazón, un Esquilo imposible de hallar en las tesis doctorales, en los estudios eruditos, bajo escolios y notas a pie: porque, de vez en cuando, la luz que un literato puede arrojar con su peculiar percepción de la situación, de la otra realidad compositiva, puede resultar decisiva a la hora de reinterpretar una obra.

Además, aparte de todo ello, Kadaré reivindica la lectura de Esquilo, lo trata con un amor que va más allá del amor filológico o del amor del filólogo que ha dedicado años a la investigación y controla y concluye como inamovible hasta el menor dato de la historia, de la que no es capaz de salirse. Kadaré habla de Esquilo desde la admiración, no desde la erudición, de un colega a otro colega, de un escritor que glosa las bondades del otro, de un fanático loando a su grupo de rock preferido, o un hincha defendiendo incondicionalmente, incluso abandonado por la razón, al equipo de sus colores.

Todo ello, sin detenernos en algunos otros asuntos enormemente interesantes que pone aquí en pie Kadaré, por ejemplo sus teorías y reflexiones sobre el concepto literario de la pérdida, o sobre los motivos que llevaron al propio Esquilo al abandono de su obra, o cómo, una buena lectura, incluso una sola página, puede redimirnos de una mala tarde que ya creíamos perdida.

Y es posible que sea esto, la comunicación autoral desde el mismo plano, o la fascinación incondicional desde el plano de la creación, lo que los estudiosos no toleren de la posición de Kadaré en este, por otra parte, jugosísimo y entretenido ensayo que coloca a Esquilo en pantuflas, repantingado en el salón de nuestra casa a medida que vamos leyendo.

Esquilo abandona el mundo de las bibliotecas y de los fríos departamentos literarios donde se exhibe como un pescado sobre un montón de hielo, para pasar, a nuestro lado, una agradable tarde fumando en pipa y degustando un coñac con nosotros. Ese es el mérito de Kadaré en este ensayo, muy por encima de errores, posiciones teóricas encontradas o difícilmente admisibles. Todo el ejercicio no es más que un gozoso: ¡viva Esquilo!

Y no puede, ni debe, entenderse de otra manera. 

Esquilo, el gran perdedor (ficha bibliográfica)



Título original: Eskili, ky humbës i madh.

Primera edición en Albania: Tirana: 1985.

Ediciones en España:

1-Siruela; Madrid: 2005. 272 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces. Colección Biblioteca de Ensayo. Menor, nº 30.

2-Siruela; Madrid: 2009. 272 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces. Colección Biblioteca de Ensayo. Menor, nº 30. 2ª Edición.