miércoles, 11 de septiembre de 2013

El Palacio de los sueños



La presencia del Estado totalitario como un engranaje que tritura a los individuos, incluso controlando sus pensamientos, es la denuncia de Kadaré en esta novela simbólica que elige el Imperio Otomano para establecer una comparación, sin nombrarlo, con el estalinista y el de Enver Hoxha. Es el recurso de la novela histórica, que denuncia situaciones anteriores de gran paralelismo con las actuales. Aunque, en este caso, la novela de Kadaré vaya más allá, con su componente kafkiano y onírico; entronca con el control de las masas del Orwell de 1984.

El tema de las novelas de Kadaré siempre gira en torno a la alienación del individuo dentro de una sociedad, la mayoría de las veces, con reglas incomprensibles. Hasta tal punto alcanza el absurdo y lo arbitrario en algunas de sus novelas, como es en el caso de El Palacio de los sueños, que el autor parece cuestionar la verdadera realidad de la experiencia de sus personajes, es decir, lo que ven, oyen, sienten, incluso recuerdan. En este sentido, se abre una vía directa, igual que en el caso de las obras del rumano Norman Manea y del checo Ivan Klíma, que enlaza a Kadaré con Kafka. Esto no es casual. Lo que distancia, al final, a uno de otro, es que tal vez el albanés no esté tan interesado en lo absurdo, sino más en lo trágico, con una base de amor por los clásicos (en concreto Homero) que no aparece en Kafka.

Así pues, los mitos griegos como referencia intertextual de Kadaré, pero también las leyendas albanesas de las que se nutre, de abundante tradición oral, y una extraña condición abierta de sus obras, al estilo de los ciclos de la épica oral, que lo lleva a reescribir las novelas una y otra vez, sin considerar nunca ningún texto definitivamente cerrado. El mundo otomano, pero como ingrediente de un realismo mágico propio y especial, que podría calificar como realismo mágico balcánico, y la guerra y el totalitarismo como temas centrales. De esta manera, la novela que me ocupa, El Palacio de los sueños, se encuadra dentro de la preocupación sobre el tema del Estado, entendido como un poder despótico, pero enmarcados los sucesos en el Imperio otomano.

La Albania de los años en que se redacta la obra (a principios de los años ochenta), la Albania incomunicada, hostil, la Albania del tirano decrépito y solitario, aislado, Enver Hoxha, queda en un segundo plano, en una penumbra en donde también se mantiene en otras muchas de las novelas del autor. Puede parecer, de esta manera, que Kadaré opte por silenciar los crímenes que están ocurriendo en esos momentos, pero una ausencia muy significativa que salpica sus obras hace pensar, por omisión, que la crítica existe, es más: es demoledora. No menciona al Partido. Y no se menciona al Partido en una literatura sometida al realismo socialista, donde los ingenieros del alma componían a mayor gloria del Partido.

A la par, Kadaré critica, de la manera en la que lo critica en El Palacio de los sueños, al sistema mientras él vive integrado en el propio centro del sistema de Hoxha y de su sucesor, Ramiz Alia. Con el enorme mérito, además, de que Kadaré consiguió publicar gran parte de la obra en Albania, burlando el cerco de la censura y de las represalias. Y, por si todo ello no significara ya un enorme riesgo, las obras de Kadaré suelen contener claves, pactos secretos con sus lectores, los albaneses coetáneos, que encuentran referencias a personajes públicos, lugares, acontecimientos, todos ellos bien conocidos por sus compatriotas y que, al leerlos, asociaban de inmediato con la realidad política y cultural del momento. Nada más comenzar el relato, Mark-Alem, su protagonista, realiza un recorrido por las calles de la ciudad, cuyo nombre Kadaré evita mencionar, que parece ser fácilmente asociable o reconocible con una topografía de la Tirana de ese momento, concretamente el centro de la ciudad, los lugares donde se encontraban ministerios y edificios estatales.

El tema del tiempo, de la ubicación de El Palacio de los sueños en un tiempo otomano, no es una cuestión que el autor haya elegido por capricho o por mero oportunismo de tipo comercial: no es una simple treta literaria. Kadaré se caracteriza en sus novelas por recuperar los ejes temáticos fundamentales de la humanidad, esos universales temáticos comunes a todas las civilizaciones, el imaginario que reposa y rebosa, que rezuman las fuentes de la tradición clásica (en Esquilo, en Homero) y las grandes obras maestras de la literatura universal (Shakespeare, Cervantes). La línea temporal de temas tratados desde la Grecia clásica a la Inglaterra renacentista o a la España barroca demuestra que el poder, las intrigas, las guerras y la violencia, de uno u otro modo, de muchos modos, son consustanciales a la historia de la literatura.

Si la gran obsesión de Kadaré en su obra son los mecanismos totalitarios y la forma en que oprimen al individuo, en El Palacio de los sueños, siguiendo una línea que desarrollará en otras de sus novelas, busca, además, reflejar cómo el sistema consigue horadar hasta conformar la conciencia de uno de los integrantes de ese aparato despótico, que lo convierte en cierta monstruosidad burocrática, acabando por integrar y asumir el mecanismo de sojuzgación del que forma parte y que sabe, en algún momento, lo destrozará a él también. En este caso, ese individuo que trabaja al servicio del Estado absoluto tiene nombre: Mark-Alem. Un nombre que muy bien podría darse la mano con Josef K. o el Agrimensor K. E incluso con Winston Smith y el camarada Rubashov. En este sentido, Kadaré se muestra en esta novela muy cercano a Kafka, Orwell y Koestler.

El espíritu que alimenta el propio lugar, también nace de un disparate: la importancia de los sueños y el papel que juegan en los destinos de los Estados y en sus gobernantes. Por eso, el lugar examina y clasifica los sueños de todos los súbditos del Imperio, en una tarea faraónica y absurda, además de imposible. Es en este momento cuando lo grotesco, lo kafkiano, deja paso a una visión de la kadaria que hace que la sonrisilla de estupefacción, hasta ahora esbozada por el lector, se hiele en los labios, intuyendo la magnitud de la tragedia que se está fraguando.

El Tabir, se trata de un intento de control mental absoluto, descubriendo lo que piensan los súbditos incluso cuando esos pensamientos escapan a su control, en el sueño. Es de una malignidad absoluta. Mil novecientas secciones provinciales, con sus propias subsecciones, someten a una purga previa los sueños recolectados, antes de remitir los sueños al Palacio. Entonces, llega el turno del departamento de Selección, que ejecuta una nueva criba que los divide en tres: sueños privados, los vinculados al ser carnal del hombre (provocados por hambre, fiebre, enfermedad) y los simulados, inventados por la gente para lograr notoriedad. Una vez eliminadas esas tres categorías, desde allí, los sueños válidos, es decir los que tienen que ver con el Estado, pasan a Interpretación. Allí, aparte de la detección de un posible sueño que augure un atentado contra la integridad del Estado, se elige, además, cada viernes, el Sueño maestro o suprasueño, considerado el más importante y que se le presenta personalmente al Soberano.

El profesor Ioan Culianu escribió un ensayo acerca del simbolismo del relato de Borges La muerte y la brújula (1944), en donde uno de los personajes se siente como Mark-Alem en el interior del Palacio: “Yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir”, afirma el asesino de ese relato. Para Culianu, lo que busca Borges es “huir de la tiranía de un sistema mental y entrar en tantos otros como sea posible para obtener, al completarlos, una libertad de percibir el mundo”. ¿Acaso Kadaré no ha intentado algo de eso con sus novelas, no ha luchado, con su escritura, por conseguir su propia libertad de percibir el mundo cuando lo tenía por completo prohibido?

El Palacio de los sueños (ficha bibliográfica)



Título original: Nëpunësi i pallatit të endrrave.

Primera edición en Albania: Tirana: 1981.

Ediciones en España:

1-Anaya & Mario Muchnik; Madrid: 1991. 232 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sáncchez Lizarrlade.

2-Cátedra; Madrid: 1999. 240 páginas. Edición, traducción del albanés y notas de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección Letras Universales, nº 287.

3-Círculo de Lectores; Barcelona: 2004. 234 páginas. Traducción del albanés y notas de Ramón Sánchez Lizarralde.  Prólogo de Bashkim Shehu.

4-Círculo de Lectores; Barcelona: 2004. 234 páginas. Traducción del albanés y notas de Ramón Sánchez Lizarralde.  Prólogo de Bashkim Shehu. 2ª Edición.

5-Cátedra; Madrid: 2005. 233 páginas. Edición, traducción del albanés y notas de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección Letras Universales, nº 287. 2ª Edición.

6-Alianza; Madrid: 2007. 232 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección El libro de bolsillo. Biblioteca de autor, nº 0727.

7-Alianza; Madrid: 2009. 232 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde. (En un estuche junto a Abril quebrado y Crónica de piedra).

8-Cátedra; Madrid: 2009. 233 páginas. Edición, traducción del albanés y notas de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección Letras Universales, nº 287. 3ª Edición.

9-Alianza; Madrid: 2010. 232 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde. Colección El libro de bolsillo. Biblioteca de autor, nº 0727. 2ª Edición.

El viaje nupcial



¿Quién trajo a Doruntina? Esa es la pregunta que asedia al lector, y el título original de la novela, traducida al español como El viaje nupcial, una interrogante sobre la persona que fue a buscar a una mujer a otro país y la trajo de retorno a Albania, en un trayecto nocturno y casi onírico, entre barro, rocío y estrellas.

Kadaré, primero, parte de la leyenda: Doruntina, casada con un extranjero de las tierras de Centroeuropa, abandona el hogar materno. Sin embargo, uno de los hermanos jura que, en el caso de que ocurra alguna desgracia familiar, cabalgará en su búsqueda y la traerá de vuelta a casa. Así, una noche, tras un agotador viaje de varias jornadas cabalgando en donde lo onírico y lo vaporoso se han mezclado hasta convertirlo todo en una pasta de percepciones para la muchacha, Doruntina toca a la puerta del hogar materno. Aterrada, la madre le pregunta a su hija cómo ha venido de vuelta, con ese crucial “¿quién te ha traído?”. La muchacha sólo posee una respuesta, la lógica, por otro lado: el hermano. Sin embargo, el hermano, que ha dejado a Doruntina frente a la puerta de la casa y se ha vuelto a la iglesia, aduciendo que allí le aguardan asuntos por resolver, ese hermano, ha muerto junto a los otros ocho, en una guerra en la que el ejército enemigo los contagió de la peste. Así las cosas, ¿pudo ser el cadáver quién se levantó de la tumba para cumplir con la palabra dada? En la iglesia, la tumba de Kostadin, el hermano, tiene recién removida la lápida. ¿Es un juego macabro? ¿Qué y, sobre todo, quién se esconde tras todo ello?

Estas, y otras preguntas, se formula el lector, realmente azorado en su curiosidad, mientras acompaña al capitán Stres en sus investigaciones. La novela toma así una suerte de vericuetos detectivescos, en una especie de thriller medieval. Y lo que en principio se tratará de intentar destapar un engaño de forma deductiva, -engaño, una mentira, adulterio, hasta incesto, o lo que puede encontrarse tras semejante ardid macabro- se complica implicando a la iglesia y al poder, al Estado, preocupados por el bagaje revolucionario que contiene la afirmación de que Kostadin se haya levantado de la tumba para cumplir con la palabra comprometida.

Porque, en efecto, el único que se ha levantado, demostradamente, de su tumba, ha sido Jesucristo. Si Kostadin lo hizo, también, la iglesia se enfrenta a un monumental problema. Y si un albanés, hasta muerto, cumple con la promesa dada, y el pueblo se lo cree, se inocula en ellos un germen muy pernicioso que podría provocar altercados, indisciplinas y terminar desencadenando revoluciones. El viaje de Doruntina, a lomos del caballo y abrazada a la cintura de su hermano resurrecto, se torna en algo mucho más tremendo que una leyenda macabra: es un problema de índole religioso al lindar con la herejía, pero también lo es político, de orden social y de seguridad.

De esta manera, presionado desde varios frentes poderosos, Stres se muestra escéptico, al principio, con una historia de la que no cree en absoluto su componente sobrenatural, aunque tenga en su propio ayudante la mejor versión del albanés crédulo y supersticioso, presuroso a dar pábulo, convencido de que el hermano de Doruntina salió de la tumba para cumplir con su palabra. En este clima de tensión, el suceso se va adornando de una cobertura mágica y trascendente, hasta convertir la investigación en una cuestión de Estado, y la identidad de quién trajo a Doruntina pase a ser la clave de un misterio que alcanza mucho más lejos de los cantos míticos de los aedos.

Ahora, se trata de una historia de esperanza, una esperanza que ha germinado la leyenda en el corazón de los hombres, y esa especie de liberación de la realidad anodina imperante, del sometimiento al Príncipe, les permitirá albergar con optimismo la idea de que, incluso desde la muerte, se puede liberar el espíritu; nadie puede sojuzgar las creencias individuales y los propios pensamientos. Y nadie, además, por muy poderoso que sea, conseguirá dominar en lo más íntimo del ser humano.

Y eso es lo verdaderamente revolucionario de la cabalgada de la Doruntina regresada.

Las palabras, que forjan las leyendas, se alimentan de la necesidad que tiene el hombre de crear y contar historias, de ser contado y encontrado en ellas, de escucharlas y de adoptarlas como suyas, como certeras, alcanzando la verdad en la novela de Kadaré un estado por encima de la lógica, la realidad y lo posible: trascendiendo la necesidad humana hasta un grado de fervor tal que, por nuestros sueños y la libertad de pensamiento, de la mente, somos capaces de hasta levantar a los muertos de sus tumbas.

El viaje nupcial (ficha bibliográfica)



Título original: Kush e solli Doruntinën (¿Quién trajo a Doruntina?)

Primera edición en Albania: Tirana: 1980.

Ediciones en España:

1-Ediciones B; Barcelona: 1990. 166 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sáncchez Lizarrlade. Prólogo de Javier García Sánchez. Colección Tiempos Modernos.

2-Círculo de Lectores; Barcelona: 1991. 168 páginas. Traducción del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Abril quebrado



Abril quebrado, tal vez, sea la novela más célebre del escritor albanés Ismaíl Kadaré, y para muchos de los críticos su obra maestra. No en vano, el texto se sostiene con un gran éxito de público, además de gozar de los parabienes de los entendidos, quizás por pertenecer esta obra al ciclo de textos de Kadaré sobre las tradiciones milenarias y arraigadas de la tierra de Albania, así como la contribución que hace para popularizar sus aspectos más folclóricos y oscuros, particularidades, todas estas, que convenientemente narradas y tratadas, no pueden sino resultar enormemente atractivas –y con ello pintorescas- para el lector medio europeo que se asoma a una novela que le presenta todo un mundo nuevo y diferente con muchos elementos brutales y medievales, retrógrados y tradicionales, en efecto, pero también fascinantes.

Abril quebrado se articula en derredor de dos historias: una complementa a la otra, es decir, la segunda explica ciertos asuntos que suceden y guían las acciones de la primera y, ambas, en ciertas ocasiones, de forma muy tangencial, se entremezclan, para, apenas haberse tocado, separarse de nuevo. Toda lo novela rota, así, sobre estas dos piezas. Una es la “acción”, la narración casi epopéyica de Gjorg Berisha que debe saldar una deuda de sangre con los asesinos de su hermano, y otra es la “explicación” de los actos que Berisha va cumpliendo como si estuviera predestinado, y en cierto modo lo está, puesto que se comporta acorde con lo que manda el kanun. Esta parte de “explicación” de los actos de Berisha correrá a cargo del escritor Besian Vorpsi, de viaje de novios con su mujer por los territorios montañeses en los que imperan las leyes del kanun, las tasas de sangre, el honor de la palabra dada, de la amistad confiada a ultranza, de la besa, factores todos ellos que siempre lo han fascinado (al fin y al cabo Vorpsi es un escritor de la capital que ha decidido impresionar a su reciente mujer con un viaje por este mundo montañés, y como excusa podrá recoger notas para una nueva novela).

Tiene Abril quebrado mucho de leyenda épica, con elementos melodramáticos, como esa camisa del hermano, ensangrentada y que amarillea en el tendedero, exigiendo que se cobre la venganza ya tardía y deshonrosa: Gjorg es arrastrado al asesinato por tradición, para cumplir una tradición, y por este mismo motivo se verá con los días contados, expuesto al escalón siguiente de la venganza. Mientras deambula por la comarca para realizar diferentes acciones relacionadas con el kanun, con el pago de la tasa por venganza de sangre, el escritor recorre la región en una carroza de caballos y va explicando los pormenores del código consuetudinario albanés a su joven esposa, fijando el foco en los aspectos más truculentos, curiosos, sorprendentes o, simplemente, brutales. Como brutales son la mayoría de personajes que aparecen, que acompañan en ambos recorridos, a Gjorg y Vorpsi.

El  kanun tiene mucho de brutal, e incluso ciertos aspectos de honor y deuda arraigados en conceptos medievales que se expanden y calan en el comportamiento de los personajes afectados. Hasta tal punto se trasvasa este sentido del derecho original en la forma de conducirse de los personajes, que podría decirse que toda la novela está mediatizada por este kanun, el verdadero protagonista, entonces, del texto.

Aunque dramática, la novela se mueve dentro de los parámetros de una prosa contenida y ceñida, que evita desembocar en desgraciadas acciones de gran fuste melodramático. Las muertes son muertes, aceptadas como tales sin grandes aparatos sentimentales que las desvirtúen, no se convierten en otra cosa que en fríos desenlaces a las antiguas deudas adquiridas, son un paso más en el contrato, una clausula cumplida por parte de una u otra familia, muertes que para los habitantes de estas regiones, habituados a que la venganza y el dolor, son parte de su propio acerbo cultural, de su folclore más significativo, se mueven en una especie de mundo en duermevela, como automático, desposeídos de voluntad propia, regidos y plegados al kanun, oprimidos y aplastados por él, en unas circunstancias de pesadilla que resultan aterradoras para la mujer del escritor, que apenas las comprende, y que son desasosegantes y muchas veces incontrolables para el propio Vorpsi, por mucho que se precie de haberlas estudiado y, haberse creído que les entendía.

Todo un sentimiento trágico de la vida atraviesa el texto, de un lirismo sarmentoso, tenso, muchas veces a punto de quebrarse en la maraña de venganzas, de absurdos, en la abominación de los crímenes realizados por monotonía; de unos crímenes amparados en la ley que demanda y exige su sangre cada cierto tiempo como un tributo que deben rendir los hombres a su existencia en esas regiones montañosas que no entienden de otra cosa más que del valor ciego de la palabra dada, de amistades mortales y de predestinación en las venganzas.

Así, Abril quebrado compone una dualidad entre acción y explicación de esa realidad aparentemente monstruosa e incomprensible, conformando un retrato de ciertos aspectos de la identidad de Albania muy necesarios para poder entender, después, algunos de sus problemas como país, y ciertos comportamientos políticos futuros. Y, también, para poder entender como el hombre es un ser sujeto a venganzas, que se alimenta de ellas, y que las necesita como un faro de sangre que brille en el horizonte y que lo dirija hacia su propia muerte. Hacia la que se encamina, siempre, con paso firme y sin dudas, hasta apretar el gatillo e iniciarse en la siguiente generación el siguiente círculo de la venganza.