miércoles, 21 de agosto de 2013

Noviembre de una capital



Albania en la encrucijada, Albania frente al abismo, Albania en el tránsito, Albania terminando una época y empezando otra, Albania empezando una nueva historia y cerrando otra, Albania liberándose y Albania encadenándose como Prometeo: Albania en su cruce de caminos, todo eso es la novela Noviembre de una capital; donde la capital es Tirana, y noviembre es el mes de noviembre de 1944, momento en el que, tras encarnizadas luchas, los guerrilleros comunistas libran el combate definitivo ante las tropas invasoras nazis, triunfan y, bajo las máximas estalinistas, deciden el rumbo que tomará el país durante las siguientes decenas de años.

Kadaré refleja dos tipos bien diferentes de luchas, las militares, llevadas a cabo por los partisanos contra los alemanes en el paisaje urbano, con plazas donde permanecen varados carros blindados semiderruidos o batallas por tomar el control del edificio donde se ubica la emisora de radio, y la otra contienda, la política, la llevada contra el enemigo de clase, la que conduce a detenciones de albaneses por otros albaneses, la que comprende la incipiente purga de la clase poderosa, de los burgueses adinerados, por parte de las tropas populares.

Liberación y comunismo se dan la mano en una serie de escenas que reflejan cuáles serán las directrices que gobernarán la nueva Albania, la joven y nueva Albania: represalias, terror, juicios sumarísimos, sadismo, revanchas, venganzas y arbitrariedades. El texto, conformado por el aliento de un gran número de personajes, compone la ya clásica forma de narración coral que Kadaré ha utilizado en El gran invierno, por ejemplo, como una manera de aproximarse a las vidas cotidianas (aunque en este caso sean vidas cotidianas enmarcadas en el estado excepcional de una guerra y de una liberación y del advenimiento del comunismo), las vidas comunes de quienes compondrán el cuerpo de la Albania del régimen.

Por estas páginas desfilan hombres y mujeres comunes, no hay héroes de grandes gestas bélicas, tan sólo voces que componen una sola voz modulada en dos tonos: los represaliados y los represaliadores, los vencedores que a la par son vencidos, y viceversa, en un ejercicio desquiciado y absurdo de encadenamiento político donde las fuerzas de seguridad del pueblo, encargadas de eso, de su seguridad, serán las que mayor inseguridad le provoquen; es una paradoja más que añadir a la colección de paradojas que se plantea en Noviembre de una capital, donde los libertadores son carceleros, la justicia peca de injusticia, el amanecer resulta un anochecer, la alborada de la nueva Albania será el crepúsculo de todo un país, y el sistema de libertades se tornará en un conjunto de arbitrariedades.De la utopía a la distopía.

La prosa de Kadaré recorre los descampados, los vericuetos de la Tirana en llamas, de la Tirana en ruinas, de la Tirana asediada y asfixiada por los combates en la que alborea un futuro de pesadilla. Son los vencedores quienes se arrogan la capacidad de juzgar bajo el prisma de las nuevas leyes, son los vencedores los que se permiten crear una nueva casta, la de los desclasados, son los vencedores en la batalla ideológica y política quienes establecen una nueva visión del mundo bajo el prisma del comunismo. Son los vencedores quienes se creen que liberan a los compatriotas de antiguos crímenes, pero se equivocan porque, parafraseando una letra de una canción de Paul Weller, la historia probará con el tiempo que las leyes de hoy serán los crímenes del mañana.

Y en el caso de Albania, eso no fue nunca más certero.

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